martes, 20 de noviembre de 2007

El Dr. Malarrama les presenta un relato inédito de Salinger

"Gin a body meet a body / coming thro' the rye...", cantaba Robert Burns


En la edición de hoy de How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb, el Dr. Malarrama les ofrece en exclusiva un relato inédito de J.D. Salinger. Mediante oscuros procedimientos, el Dr. ha tenido acceso al archivo privado de incunables del autor norteamericano y, tiene hoy el gusto de invitar por primera vez en la historia a los lectores hispanohablantes a degustar una pequeña obra maestra: Insignificante rebelión en Madison, el pequeño texto donde hace aparición por primera vez Holden Caulfield, el célebre protagonista de El Guardián entre el Centeno.



¡Disfrútenlo!





INSIGNIFICANTE REBELIÓN EN MADISON

The New Yorker XXII, diciembre de 1946.





Cuando daban las vacaciones en la Escuela Preparatoria para Chicos Pencey (“Un Educador por cada Diez Estudiantes”), Holden Morrisey Caulfield solía llevar su chesterfield
[1] y un sombrero con la parte delantera de la corona en punta como una “V”. Mientras iban en autobús por la Quinta Avenida, las chicas que conocían a Holden con frecuencia decían verle pasando por delante de Saks’ o de Altman’s o de Lord & Taylor’s, pero normalmente lo confundían con otra persona.
Aquel año, el comienzo de las vacaciones de Navidad en Pency había coincidido con el comienzo de las del Colegio para Chicas Mary A. Woodruff (“Atención Especial para las Alumnas Interesadas en Artes Dramáticas”). Cuando le daban las vacaciones en la Mary A. Woodruff, Sally iba sin sombrero y solía llevar su abrigo azul plateado de piel de rata almizclera. Mientras iban por la Quinta Avenida, los chicos que conocían a Sally con frecuencia decían verla pasando por delante de Saks’ o de Altman’s o de Lord & Taylor’s. Normalmente la confundían con otra persona.
En cuanto Holden llegó a Nueva York, cogió un taxi para que le llevara a casa, dejó caer su maleta de cuero en el recibidor, besó a su madre, amontonó su abrigo y su sombrero en la silla que más cerca le quedaba y marcó el número de Sally.
─¡Ey! ─dijo con el auricular en la boca─ ¿Sally?
─Sí. ¿Quién es?
─Holden Caulfield. ¿Qué tal?
─¡Holden! ¡Yo bien! ¿Qué tal tú?
─De miedo ─dijo Holden─. Escucha. ¿Qué tal te va? Quiero decir, ¿qué tal el colegio y eso?
─Bien ─dijo Sally─. O sea… ya sabes.
─De miedo ─dijo Holden─. Bueno, escucha. ¿Qué haces esta noche?
Holden la llevó esa noche al Wedgwood Room; los dos bien vestidos, Sally con su nuevo collar de turquesas. Bailaron mucho. El estilo de Holden consistía en dar largos y lentos pasos hacia delante y hacia atrás, como si estuviera bailando sobre una alcantarilla sin tapa. Bailaban mejilla contra mejilla y a ninguno de los dos les importó que las caras se les quedaran pegajosas de tanto contacto. Había mucho tiempo entre vacación y vacación.
Se lo pasaron en grande durante el viaje de vuelta en taxi. En dos ocasiones en que el taxi dio un frenazo por culpa del tráfico, Holden se cayó del asiento.
─Te quiero ─le juró a Sally, al separar su boca de la de ella.
─Ay, mi amor, yo también te quiero ─dijo Sally y añadió, menos apasionadamente─: Prométeme que te dejarás crecer el pelo. Ese rapado a lo militar te queda de lo más cutre.
El día siguiente era jueves y Holden llevó a Sally a la sesión matinal de O Mistress Mine
[2], que ninguno de los dos había visto. Pasaron el primer descanso fumando en el vestíbulo y llegaron al común acuerdo de que los Lunt eran maravillosos. George Harrison, de Andover, también estaba fumando en el vestíbulo y reconoció a Sally, tal y como ella esperaba que hiciera. Les habían presentado en cierta ocasión en una fiesta y no se habían visto desde entonces. Ahora, en el vestíbulo del Empire, se volvieron a saludar con la familiaridad de los que, cuando niños, solían tomar baños juntos. Sally le preguntó a George si no le estaba pareciendo maravilloso el espectáculo. George necesitaba espacio para responder e invadió peligrosamente la proximidad del pie de la mujer que tenía detrás suyo. Dijo que evidentemente no era una obra maestra, pero que los Lunt, como siempre, habían actuado como unos ángeles.
─Ángeles ─pensó Holden─. Ángeles. Me cago en… Ángeles.
Después de la sesión matinal, Sally le dijo a Holden que se le había ocurrido una idea maravillosa.
─Vamos a patinar esta noche al Radio City.
─Está bien ─dijo Holden─. Vale.
─¿En serio? ─dijo Sally─ No digas que sí si no te apetece. O sea, me importa un comino si no vamos.
─No ─dijo Holden─. Vamos. Será divertido.

Sally y Holden eran ambos pésimos patinadores sobre hielo. Los tobillos de Sally sufrían una dolorosa y poco favorecedora tendencia a chocarse entre sí, y los de Holden no se manejaban de manera muy diferente. Aquella noche había por lo menos cien personas que no tenían nada mejor que hacer que mirar a los patinadores.
─Vamos a una de las mesas para tomar algo ─sugirió Holden de repente.
─Es la idea más maravillosa que he escuchado en todo el día ─dijo Sally.
Se quitaron los patines y se sentaron en una de las mesas del caldeado salón interior. Sally se sacó sus rojos guantes de lana. Holden empezó a encender cerillas. Dejaba que se quemasen hasta que ya no podía sostenerlas y los restos chamuscados los iba depositando en el cenicero.
─Mira ─dijo Sally─, quiero saber una cosa… ¿Vas a ayudarme esta Nochebuena a podar el árbol o no?
─Claro ─dijo Holden, sin entusiasmo.
─O sea, que quiero saber si lo vas a hacer.
Holden dejó de repente de encender cerillas. Se inclinó sobre la mesa.
─Sally, ¿no te sientes harta de todo alguna vez? Quiero decir, ¿no te asusta a veces que todo vaya a salir mal a no ser que hagas algo?
─Claro ─dijo Sally.
─¿Te gusta el colegio? ─preguntó Holden.
─Es un completo aburrimiento.
─Entonces, ¿lo odias?
─Bueno, tanto como odiarlo…
─Pues yo lo odio ─dijo Holden─. Chica, ¡cómo lo odio! Pero no me refiero sólo a eso, sino a todo. Odio vivir en Nueva York. Odio los autobuses de la Quinta Avenida y los autobuses de la Avenida Madison y tener que salir por las puertas del centro. Odio el cine de la Calle Setenta y Dos con esas nubes falsas en el techo, odio que me presenten a tipos como George Harrison, odio que el ascensor baje cuando lo que quiero es salir y odio que los dependientes de Brooks se pasen todo el tiempo intentando cogerte el dobladillo de los pantalones ─su tono de voz estaba cada vez más alterado─. Cosas como esas odio. ¿Sabes lo que quiero decir? ¿Sabes qué? Eres la única razón por la que he vuelto a casa de vacaciones.
─Eres un encanto ─dijo Sally, deseando que cambiase de tema.
─Chica, ¡y cómo odio el colegio! Deberías pasar algún tiempo en una escuela para chicos. Lo único que uno hace es estudiar y fingir que no te importa que pierda el equipo de fútbol y hablar sobre chicas, sobre ropa y sobre bebidas alcohólicas y…
─Ey, escucha ─le interrumpió Sally─. Para muchos chicos el colegio significa más que eso.
─Puede ser ─dijo Holden─. Pero yo no saco en claro del colegio mucho más. ¿Ves? Ahí quiero llegar. No saco mucho en claro de nada. Estoy en mala forma. En una forma espantosa. Mira, Sally. ¿Te importa que nos larguemos? Tengo una idea. Le pido prestado el coche a Fred Halsey y mañana por la mañana subimos a Massachussets y nos vamos a Vermont y por ahí, ¿te parece? Es muy bonito. De verdad que es un sitio muy bonito, te lo juro por Dios. Podemos quedarnos en una de esas cabañas en el campo o en algún sitio por el estilo hasta que se me acabe el dinero. Tengo ciento doce dólares. Luego, cuando se me acabe el dinero, puedo conseguir un trabajo y nos vamos a vivir a algún sitio que tenga un arroyo, o algo por el estilo. ¿Ves por dónde voy? Te lo juro por Dios, Sally, nos lo pasaremos en grande. Luego, más tarde, podemos casarnos, y tal. ¿Qué me dices? ¡Vamos! ¿Qué me dices? ¡Vamos! Hagámoslo, ¿eh?
─No puedes hacer eso; así, sin más ─dijo Sally.
─¿Por qué no? ─preguntó Holden de forma estridente─ ¿Por qué demonios no puedo hacerlo?
─Porque no ─dijo Sally─. No puedes y ya está. Suponte que se te acaba el dinero y no encuentras un trabajo, ¿entonces qué?
─Conseguiré un trabajo. No te preocupes por eso. No tienes que preocuparte por esa parte del plan. ¿Cuál es el problema? ¿No quieres venir conmigo?
─No es eso ─dijo Sally─. No se trata de eso para nada. Holden, tenemos todo el tiempo del mundo para hacer esas cosas… todas las cosas que has dicho. Cuando acabes la universidad y nos casemos y eso. Tendremos montones de sitios maravillosos a los que ir.
─No los tendremos ─dijo Holden─. Será diferente.
Sally le miró. Holden le había contestado con mucha calma.
─No será lo mismo entonces. Tendremos que bajar ascensores cargados de maletas y tal. Tendremos que llamar a todo el mundo para despedirnos y mandarles postales. Tendré que trabajar donde mi padre y coger los autobuses de la Avenida Madison y leer el periódico. Tendremos que ir todo el tiempo al cine de la Calle Setenta y Dos y ver noticiarios. ¡Noticiarios! Siempre echan algo sobre una estúpida carrera de caballos o sobre alguna tipa que ha bautizado un barco. No entiendes para nada lo que te digo.
─Puede que no. Y puede que tú tampoco ─dijo Sally.
Holden se levantó con los patines colgados del hombro.
─Me tienes hasta la coronilla ─anunció desapasionadamente.

Un poco después de medianoche, Holden y un gordo y poco atractivo muchacho llamado Carl Luce, estaban sentados en el Wadsworth Bar, bebiendo whisky escocés con soda y comiendo patatas fritas. Carl estaba también en Pencey y era el delegado de su clase.
─Oye, Carl ─dijo Holden─. Tú eres uno de esos intelectuales. Dime algo. Imagínate que estuvieras harto de todo. Imagínate que sintieras tal desolación que creyeses estar volviéndote loco. Imagínate que estuvieras pensando en dejar el colegio y todo lo demás, y largarte de Nueva York. ¿Qué harías?
─Seguir bebiendo ─dijo Carl─. Al demonio con todo.
─No. Te lo digo en serio ─suplicó Holden.
─Siempre has estado como una cabra ─dijo Carl, se levantó y se marchó.
Holden siguió bebiendo. Se bebió nueve dólares de whisky escocés con soda y a las dos de la mañana se abrió paso desde la barra del bar hasta la pequeña antesala donde había un teléfono. Marcó tres números erróneos hasta que dio con el correcto.
─¡Hola! ─gritó Holden al teléfono.
─¿Quién es? ─preguntó una fría voz.
─Soy yo. Holden Caulfield. ¿Puo hablar con Sally, por favor?
─Sally está dormida. Soy la señora Hayes. ¿Por qué llamas a estas horas, Holden?
─Quiero hablar con Sally, ñora Hayes. Es mu portante. Pásemela.
─Sally está dormida, Holden. Llama mañana. Buenas noches.
─Despiértela. Despiértela, ¿eh? Despiértela, ñora Hayes.
─Holden ─dijo Sally desde el otro lado de la línea─. Soy yo. ¿Qué es lo que pasa?
─¿Sally? ¿Sally, eres tú?
─Sí. Estás borracho.
─Sally, iré en Nochebuena. Te podaré el árbol. ¿Eh? ¿Qué dices? ¿Eh?
─Sí. Vete a la cama. ¿Dónde estás? ¿Con quién estás?
─Te podaré el árbol. ¿Eh? ¿Vale?
─¡Sí! ¡Buenas noches!
─Nas noches. Nas noches, Sally, nena. Sally guapa, amor.
Holden colgó y se quedó al lado del teléfono durante casi quince minutos. Después introdujo en la ranura un níquel
[3] y marcó de nuevo el mismo número.
─¡Hola! ─gritó al auricular─ ¿Está Sally, por favor?
Colgaron el teléfono con un fuerte chasquido y Holden colgó también. Se quedó allí, bamboleándose de atrás hacia delante durante un momento. Luego, se abrió paso hacia el baño y llenó de agua fría la pila de un lavamanos. Sumergió su cabeza hasta las orejas y después, chorreando, fue hasta el radiador y se quedó sentado encima. Allí estaba, contando los cuadrados del suelo mientras le caía el agua por la cara y por el cuello, empapándole el cuello de la camisa y la corbata. Veinte minutos después entró el pianista para peinarse los rizos del pelo.
─¡Hola, tío! ─le saludó Holden desde el radiador─ Estoy en lo más alto. Me han dado puerta y tengo tanto sueño que me voy a quedar frito aquí arriba.
El pianista sonrió.
─Eh, tío, ¡sí que tocas bien el piano! ─dijo Holden─ De verdad que lo tocas de maravilla. Deberías ir a la radio. ¿Sabes qué? Eres la leche de bueno, tío.
─¿Quieres una toalla, amigo? ─preguntó el pianista.
─No ─dijo Holden.
─¿Por qué no te vas a casa, chaval?
Holden negó con la cabeza.
─No ─dijo─. No.
El pianista se encogió de hombros y se metió el peine de mujer en el bolsillo interior de la chaqueta. Cuando se fue, Holden se levantó del radiador y parpadeó varias veces para dejar que le cayeran las lágrimas. Luego, se dirigió al guardarropa. Se puso su chesterfield sin abotonárselo y se colocó el sombrero en su empapada cabeza.
Los dientes le tiritaban con violencia. Holden se quedó en la esquina esperando que llegara un autobús de la Avenida Madison. Fue una larga espera.



FIN.



Notas:


[1] Traje de tweed con patrón de punto de espina que debe su nombre al Earl de Chesterfield.
[2] De Terence Rattigan. Se estrenó en Broadway el invierno de 1946 con Alfred y Lynne Fontane Lunt de protagonistas. La obra toma su título de un verso de la canción que canta Feste en Noche de Reyes, de William Shakespeare, y que comienza con las palabras “O Mistress Mine”. El verso final de esta canción, “youth’s a stuff will not endure” (la juventud es cosa que no dura), expresa uno de los temas principales de J.D. Salinger, especialmente en lo que toca a El guardián entre el centeno (1951), cuyo protagonista, Holden Caulfield, hace aparición por primera vez en este relato.
[3] Moneda de cinco centavos de dólar.

viernes, 16 de noviembre de 2007

El Dr. Malarrama escribe un libro.

El Dr. Malarrama se hace un lifting



Como lo oyen.


Me dije un día: voy a hacer una novela. Hace unos meses me puse a ello y, nada, oigan, que escribe que te escribe, fue y me salió Cumbres Borrascosas. Imagínense que chasco cuando me enteré de que ya la había escrito 150 años antes una tal Emily Brontë. Solución malarrámica: la he firmado como traductor y con seudónimo. Pues eso, ¿que tienen que hacerle un regalo a la suegra? ¿Que el regalo de navidad es para ustedes, que quieren sentirse más hombres? Compren Cumbres Borrascosas, de Artemisa Ediciones. Una fantástica edición de lujo ilustrada con una decencia exquisita por el mismísimo Balthus.



Heathcliff y Catherine se divierten



Además de disfrutar inocentemente con las ilustraciones, harán importantes descubrimientos con respecto a las anteriores ediciones que cambiarán su visión de la novela; a saber:

a) Que no se cazan perdices en los páramos de Yorkshire, como en otras traducciones, sino grévoles. Más en concreto, lagopus lagopus scoticus, cuyo característico pelaje rojo parduzco tiene una enorme importancia simbólica en la novela.


b) Que la autora, reputada especialista en las tradiciones populares de su región, se equivoca al citar una famosa balada.


c) Que Catherine Linton es, en realidad, ¡hija de Heathcliff!

Visiten ya la página web de Artemisa Ediciones y encarguen sin dilación su ejemplar.




viernes, 9 de noviembre de 2007

El Dr. Malarrama presenta: La Hora Barroca del Dr. Malarrama

Emborráchese también usted de cultura con How I
Learned to Stop Worrying and Love the Bomb


Haciendo gala una vez más de un envidiable sentido de la puntualidad y cumpliendo con la promesa hecha en la entrada anterior, de nuevo, nuestra inefable sección: La Hora Barroca del Dr. Malarrama.

Siguiendo la crónica de los eventos más recientes que se vienen produciendo por aquí, en el País de las Salchichas, hoy nos llega el turno de hablar del evento cultural más importante que ha tenido lugar en los últimos meses, esa celebración anual a mayor gloria del primer activo cultural de esta Gran Nación.

"La Feria del Libro de Frankfurt", oigo por ahí. Cállese antes de hablar si no sabe nada. No nos referimos a la Feria del Libro: a nuestros sofisticados lectores no les interesa el circo de la fama, las veleidades de la novedad ni la filosofía de lo transitorio.

No, estamos hablando de la Oktoberfest: la Fiesta de la Cerveza.

Pero no seré yo quien les haga la crónica de lo que ha pasado en Munich estos días pasados. Para contarlo, tenemos hoy a un invitado de excepción cuya reciente intervención en el espacio radiofónico Die Grosse Hits, les transcribo a continuación, traducida por servidor:



LOCUTOR
…y como todas las noches, en nuestro repaso semanal de la lista de los cuarenta principales, llegamos al número uno. El temazo que está dando el cante en las pistas de baile de toda Europa. Directamente desde la Academia de Operación Triunfo en su versión austriaca, tenemos hoy en nuestro programa al artista más flipante de estos momentos. Ya habéis adivinado a quién me refiero, nengs. Con todos nosotros: Wolfgang Amadeus Mozart.

(pinche para oír, libre de derechos, nuestro top eins:
Eine Kleine Nachtmusik feat. Björk)

LOCUTOR
Bueno, Wolfgang, bienvenido a nuestro programa. Tengo entendido que has hecho una pausa en tu gira europea para estar con nosotros en la Oktoberfest. Acabas de llegar de Madrid…

MOZART
Disculpe, pero tengo una jaqueca atroz. El viaje en calesa ha sido un poco movido y, además, llevo muy mal lo del jet-lag.

LOCUTOR
Nuestro equipo te agradece en nombre de todos los radioyentes que hayas sido tan enrollado. Entendemos que estés tan cansado después de un viaje tan largo. Pero cuéntanos, ¿cuáles son tus planes este año aquí en Munich?

MOZART
Bueno, voy a oficiar de maestro de ceremonias en la Oktoberfest. Mañana, en la inauguración, me acompañará en la pista DJ Salieri, quien no sólo es un artista genial sino también un tipo estupendo.

En directo desde Munich



LOCUTOR
¿Cómo va a ser el rollo este año?

MOZART
Como usted bien sabe, la cerveza no lo es todo en el mundo; y la música es la segunda protagonista de la Oktoberfest. La Oktoberfest marca tendencias. Este año se va a llevar mucho la peluca blanca con coleta y también el miriñaque. Las óperas de Glück están causando furor en los garitos de baile. Creo que podemos hablar de una Nueva Ola, totalmente diferente a todo lo que hemos visto antes; y precisamente es en ese sentido en el que estoy trabajando. Me atrevería a asegurar que, en muy poco tiempo, vamos a presenciar el fin del barroco.

LOCUTOR
Aprovechando que mencionas tus nuevos trabajos, volvamos a lo de antes y cuéntanos ¿qué te ha llevado a Madrid?

MOZART
Bueno, en toda Europa se habla de la Movida Madrileña. Fui a Madrid para reunirme con mi colega Luigi Boccherini. He estado allí un tiempecito, cosa de un año, que he empleado en echarle una mano con algo que está componiendo. Se va a titular Música nocturna de las calles de Madrid.

LOCUTOR
Pues nosotros hemos oído otra cosa.

MOZART
No sé a qué se refiere, caballero.

LOCUTOR
¿Qué nos dices de tu relación con Victoria Beckham?

MOZART
Esto es un escándalo, yo he venido aquí para hablar de mi música.

LOCUTOR
Entonces volvamos a la música. Se dice que tus temas combinan de manera soberbia el drama, la armonía, la melodía y el contrapunto. Has marcado el camino con tu rollo post-barroco a la hora de usar la polifonía para atacar los ideales Renacentistas. Tus ritmos endiablados han puesto de moda en los salones de la aristocracia el uso de nuevas drogas como el speed…

MOZART
Bueno, he cometido errores en el pasado. La Academia, Operación Triunfo… ya sabe, a muchos nos llegó la fama demasiado rápido, siendo demasiado jóvenes…

LOCUTOR
¿Explica eso tu reciente conversión al cabalismo?

MOZART
En parte sí. En el cabalismo he encontrado por fin la paz de espíritu que siempre he estado buscando. Ahora soy una persona mucho más espiritual. He aprendido a valorar cosas como la solidaridad, la familia,…

LOCUTOR
¿Qué les dirías a todos aquellos que afirman que tu cambio de imagen es sólo una operación comercial siguiendo la estela de Madonna?

MOZART
Que están totalmente equivocados. Cada día me atrae más la idea de ser padre.

LOCUTOR
¿Y tiene algo que ver en eso Victoria Beckham?
(sonido de un guante estampándose contra una cara)

MOZART
Caballero, esto no quedará así. Exijo una satisfacción.

LOCUTOR
Wolfgang Amadeus Mozart, ha sido un placer tenerle en nuestro programa. Se nos acaba el tiempo, pero antes de cerrar nuestra emisión de hoy, os recuerdo a todos que la semana que viene estará aquí en directo con todos nosotros una de las mejores voces de nuestros tiempos para hablarnos de los enormes sacrificios que hay que hacer para triunfar en la difícil industria de la canción. Directamente desde Italia: Farinelli el Castrado.

MOZART
Mañana por la mañana, al amanecer, detrás del Dom. Búsquese un padrino y armas de su elección.

LOCUTOR
Estas son las sorpresas que nos da el barroco en directo. Buenas noches a todos y hasta la semana que viene.










sábado, 27 de octubre de 2007

El Dr. Malarrama y los consejos trotamundos del Dr. Geschlechtskrankheit

Con todos ustedes, el Dr. Günther Geschlechtskrakheit y sus gafas de rayos-X en los ojos


Como es costumbre en How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb, la entrada de hoy está dedicada al ganador de nuestro último concurso literario, cuyo texto estuvo atormentando durante días a algunos de ustedes, pero que sólo una persona logró identificar correctamente.



Salammbô, amigos míos: Salammbô, de Gustave Flaubert era la novela que les llevó a patearse ustedes librerías de viejo y bibliotecas del mundo entero con nulo éxito. Me toca hoy, pues, hablar de nuestro campeón literario del mes, el Dr. Günther Geschlechtskrankheit, viajero incansable y académico de las letras, cuyo campo de especialización es, casualmente, la obra de Flaubert.



Antes de empezar con el retrato de mi querido amigo y colega, me gustaría disipar una doble controversia que ha surgido recientemente en estas páginas. Primeramente quiero asegurarles que nuestro concurso no tiene trampa ni cartón y que cualquier rumor al respecto de lo contrario es fruto de lenguas envidiosas que no buscan más que socavar la credibilidad de este blog con sus infectas mentiras. En segundo lugar, hay, al parecer, otras lenguas aún más rastreras y sucias que las primeras, que no sólo están de acuerdo con éstas, sino que, además, añaden que el Retrato del Mes que el Dr. Malarrama tan generosamente dedica a sus amigos ganadores, no es más que una excusa para hablar de sí mismo, en un vano intento de dar verosimilitud a los mil embustes que quiere hacer pasar por experiencias vividas. ¡Calumnias, de nuevo! Y para probar que el Dr. Malarrama jamás escatima la verdad, la entrada de hoy estará acompañada de documentos fotográficos que constituyen prueba irrefutable de sus vivencias.


El Dr. Malarrama en Koblenz, al lado del escudo de Renania-Palatinado, región que ha tenido a bien acogerle en su viaje.



Pero, bueno, dicen ustedes, y me refiero en concreto a usted, sí, usted, fiel seguidor de How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb, que nunca ha puesto en duda nuestros apasionantes relatos, dice: ¿va a contarnos ya, Dr., quién demonios es Günther Geschlechtskrankheit?




Por supuesto que sí, queridos amigos. Precisamente ahora, desde Alemania, me acuerdo con frecuencia del buen Günther y de la ocasión en que nos conocimos. Echo en falta, claro está, su dominio de la lengua teutona, que tantas veces me ha sacado de apuros. No en vano, es bueno tener siempre a tu lado a un nativo que te eche una mano con las declinaciones y los verbos, sobre todo cuando, como hace un rato, he tenido que pedirle a Bilo, el turco que regenta el ciber-badulaque desde el cual les escribo, si iba a dejarme pronto libre el ordenador para actualizar mi blog o si iba a pasarse mucho más tiempo mirando páginas pornográficas.




Pero, volviendo a lo mío, como estaba diciendo, Günther y yo nos conocimos en clase de alemán. Nos sentábamos en el mismo pupitre y recuerdo que nuestra profesora le ponía como ejemplo ante el resto de la clase por "estar genéticamente dotado para pronunciar incorrectamente todas y cada una de las palabras de la lengua alemana". Por supuesto, Günther suspendió el curso, igual que yo, y aunque mi querido amigo es, con toda seguridad, el primer suizo germano-parlante que haya suspendido alguna vez un curso básico de alemán, eso no le ha impedido triunfar en otros ámbitos del mundo académico.




A principios de este mes de octubre, precisamente, Günther y yo defendimos nuestras respectivas tesinas doctorales ante el Tribunal de Estudios Avanzados de Literatura Europea de la Universidad Autónoma de Madrid. Aunque íbamos armados hasta los dientes, ni siquiera tuvimos que cargar la carabina para defender nuestros trabajos. Yo estaba afónico porque la noche anterior me había olvidado de ponerme los calcetines antes de ir a la cama, pero cuando llegó el turno de ponencia de mi Poética de la secuencia en el arte del cómic, intenté fingir que mi tono de voz era debido al exceso de alcohol y tabaco, y, encendiéndome un cigarrillo, empecé mi ponencia con las siguientes palabras: "Caballeros, voy a hablarles de poética…"




Triunfo abrumador. El tribunal llegó incluso a alabar los "bonitos dibujos" que tenía mi tesina.




Günther, en cambio, no tuvo que recurrir a subterfugios. Su Materia y Extensión en Spinoza y Flaubert fue alabada por clamorosa unanimidad. Gustó especialmente el capítulo dedicado a las amantes del escritor francés y el Tribunal destacó el rigor con el que había tratado el tema de la Extensión, en concreto la del miembro viril de ambos hombres de letras. Los datos históricos aportados por el Dr. Geschlechtskrankheit dieron como vencedor a Spinoza en este punto, aunque su investigación concluye con la contundente tesis de que "Flaubert era más hombre, porque cuando iba a un prostíbulo siempre pedía acostarse con la más fea".




Superada la defensa, Günther y yo fuimos a la cafetería de la facultad para celebrar nuestro éxito y hacer un brindis, dada mi situación, con unas tacitas de poleo-menta; aunque, por ser una ocasión tan especial, no me privé de echarle a la mía un chorrito de Bombay Sapphire. Entre felicitaciones y parabienes surgió en nuestra conversación el tema de mi próximo viaje a Alemania. Me interesaba especialmente hablar sobre ello con Günther ya que él mejor que nadie podía darme recomendaciones para desenvolverme adecuadamente en el País de las Salchichas. El apellido Geschlechtskrankheit pertenece a una larga estirpe de viajeros gallegos (hágase clic para echar un ojo a su origen genealógico) que, provenientes de Lugo, y de ahí que Günther esté "genéticamente incapacitado para pronunciar incorrectamente todas y cada una de las palabras" de cualquier idioma, han recorrido Europa de cabo a rabo con camaleónica habilidad para entender y asumir como propias las peculiaridades culturales de cada país.




─No deje de visitar la famosa Einbahnstrasse de Maguncia ─me aconsejó Günther, refiriéndose a mi ciudad de destino, donde ahora mismo me encuentro viviendo con mi prometida, Frau Violeta─. Todas las ciudades en Alemania tienen una calle que se llama Einbahnstrasse y, algunas, incluso más de una. Es debido a Napoleón, ese gran hombre. Él lo impuso. Como sabe en Europa circulamos por la derecha gracias a él, ya que obligaba a sus ejércitos a caminar por ese lado. Es un hombre muy preocupado por el tráfico.



El Dr. Malarrama en la famosa Einbahnstrasse de Maguncia



A quienes no conozcan a Günther les podrá extrañar un poco su forma de hablar. Ello es debido en buena medida, como decía, a sus orígenes; pero además de eso, Günther sufre un pequeño problema, digámoslo así, cronológico. Él fue quien, finalmente, me prestó el quinqué que me faltaba, y él quien, muy amablemente, me hizo una lista de cosas indispensables para el viaje, entre ellas, una silla de montar y un libro de partituras con los últimos hits de Mozart para que fuera familiarizándome con ellos por si a mi prometida se le ocurría sacarme alguna noche a la discoteca.




─Y si viaja usted por el Rin, no se olvide de hacer fonda en Koblenz. Allí hay un parquecillo donde el Mosel se junta con el Rin, llamado el Deutsches Eck, en donde se encuentra una impresionante estatua ecuestre del Kaiser Guillermo ─se me olvidaba decir que Günther es un gran fan del Kaiser Guillermo y de las estatuas ecuestres─. El Kaiser ha hecho grandes cosas por el pueblo alemán, él logró la reunificación y allí, en Koblenz, le quieren mucho.




Efectivamente, en Koblenz pude encontrar la estatua del Kaiser, pero por una inscripción que había a sus pies me enteré no sólo de que el tal Guillermo había muerto hacía ya unos 120 años, sino que, además, después de la Segunda Guerra Mundial, la gente de Koblenz se lo había pensado mejor, y la estatua que habían construido en símbolo de un glorioso Imperio alemán unido, había pasado a simbolizar, desde 1953, "el espíritu de reflexión que debe caracterizar a nuestro pueblo acerca de la responsabilidad histórica de todo alemán".




Como demuestra su expresión, hasta el caballo del Kaiser se siente culpable por ser alemán



─Hay algo que debe usted entender ─me dijo Günther, haciendo gala una vez más de su agudo conocimiento del alma germana─: los alemanes son gente que no siente vergüenza de nada.





(Hagamos aquí un momento de silencio para levantar una ceja con gesto de incredulidad y pedirle a Günther que desarrolle su argumento)





─Por ejemplo, tienen esos locales, las saunas, donde van todos desnudos, hombres y mujeres por igual, ¿te lo puedes imaginar?





Aaaah… Por una vez, Günther no se equivocaba. Siguiendo sus consejos, visité el otro día uno de esos locales; y debo decir, para acallar sospechas, que en nada se parecen a los antros de perdición que en España conocemos por ese mismo nombre. No, aquí la sauna es un lugar donde un hombre puede entrar con la cabeza bien alta y sin miedo a agacharse. Sin embargo, tengo que confesar que a mí al principio me dio un poco de reparo eso de desnudarme en público. Soy un hombre pudoroso, lo he sido siempre; con decirles que ni siquiera mi señora madre me ha visto nunca desnudo… Pero el caso es que mi prometida, Frau Violeta, me dijo que me tenía que quedar en pelota viva, aunque, por supuesto, yo me negué a desprenderme de la toalla que llevaba enrollada en la cintura y, sobre todo, de los calcetines. Sin embargo, después de los dos primeros Aufguss en la sauna de 95 grados (no les contaré aquí lo que es un Aufguss porque soy un hombre decente), me sentí tan a mis anchas que dejé la toalla a un lado y empecé a ir de arriba abajo por el local con todo lo colgandero al aire, como puede comprobarse en la foto.








El Dr. Malarrama en la sauna




"Claro, es lo natural", comprendí. "Es señal de una cultura avanzada no avergonzarse de la desnudez". En estas meditaciones estaba yo cuando nos encontramos con una amiga de Frau Violeta, totalmente en cueros, y tuve que correr a esconderme. Como estábamos en un espacio cerrado y no pude encontrar una zanja o enterrarme bajo tierra, me vi obligado a saludar a la señorita, la cual, ni corta ni perezosa, nos enseñó las tetas; no porque hubiera necesidad de ello, pues dada la situación, las tetas se enseñaban solas, sino porque estaba interesada en mostrarle a mi prometida el resultado de su reciente operación de ampliación mamaria.




─Todo eso está muy bien, Dr. Malarrama ─dice mi querido Günther al leer esto─. Pero yo no le mandé esa traducción que hice de Salammbô para que se pusiera hablar sólo sobre usted. ¿Qué hay de nuestro trato?




─Por Dios, querido Günther, hable más bajo. No vayan a creer los lectores que…




─Hombre, usted me dijo que esto del Retrato del Mes ayudaría a divulgar mi blog y que un sinnúmero de mujeres interesantes inundaría mi cuenta de correo electrónico con sus mails. Me pareció una idea interesante y pensé, "total, ¿qué me suponen cincuenta soberanos de oro con tal de que un sinnúmero de mujeres interesantes inunde mi cuenta de correo electrónico?". Pero el caso es que, después de todo este rollo, yo no veo que haya mencionado siquiera mi blog, y me apuesto lo que quiera a que si pincho sobre la palabra blog, el enlace me va a llevar a una página totalmente equivocada y llena de mentiras insidiosas como ha pasado antes con mi apellido. Oiga, si no me transfiere de vuelta a mi cuenta corriente mis cincuenta soberanos de oro, yo…




Y con esto damos por concluido nuestro Retrato del Mes. No se pierdan la próxima entrega de How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb, su blog favorito de filosofía, ética y crónica mundana, que llevará por título "El Dr. Malarrama les enseña su mansión" y que tendrá como protagonista absoluta a Frau Violeta, a quien todos ustedes están deseando conocer.


Dr. Malarrama.

martes, 18 de septiembre de 2007

El Dr. Malarrama les invita al teatro



Qué tortura esto de hacer el equipaje. Verán, yo lo paso muy mal. Siempre me olvido de algo y, como entenderán, no quiero que eso me ocurra en un viaje tan importante como éste. Imagínense que me presento en Alemania y al llegar la noche me doy cuenta de que me he dejado en casa el camisón de dormir. Qué bochorno. ¿Qué va a pensar de mí mi prometida?

Por eso, aunque todavía falta una semana para mi partida, he decidido ponerme ya a preparar el baúl de viaje con mis cosas. Que si el gramófono portátil para hacer más llevadero el trayecto, que si unos discos de pizarra con los últimos hits de Mozart, que si un tintero de repuesto para ir escribiéndoles mis impresiones sobre el viaje, ya saben lo pesado que se hace esto de cruzar media Europa en carruaje y más con el jet-lag. Pero, como digo, siempre surge algún imprevisto y mientras estaba organizándolo todo me he dado cuenta de que me falta lo más importante. Tengo entendido que allí, en el País de las Salchichas, anochece mucho más temprano, y yo sin un quinqué. ¿No les sobrará alguno a ustedes?

El caso es que me he puesto nervioso y me he dicho: voy a hacer una pausa y a ver si me relajo un poco contándoles mis cuitas a ustedes, mis fieles lectores de How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb. También quería aprovechar la ocasión para hablarles de un tema más artístico, pues como saben, el Arte ocupa un lugar central en estas páginas.

Como saben, marcho en breve y he tenido que abandonar temporalmente a mi compañía de teatro en plena gira europea. Así pues, mis chicos, estarán el Ljubjana, Eslovenia, a mediados de este próximo octubre, donde han sido invitados para representar nuestra exitosa función, Él no como él, de Elfriede Jelinek. Se trata de una obra de un gusto exquisito y de elevado valor moral que, después de dos años de representaciones, ya ha triunfado en Chueca y en varios pueblos de La Mancha. Cuenta con unos actores excelentes y con la proyección en escena de dos obras cinematográficas que yo mismo, el Dr. Malarrama, rodé expresamente para enaltecer el insobornable espíritu vanguardista de la producción. En definitiva, que no se la pueden perder. En
rumbo.es podrán encontrar transporte barato a Ljubjana para mediados de octubre. Están todos invitados. Y si mis palabras todavía no han conseguido convencerles, que lo hagan las imágenes del siguiente trailer promocional de la obra que yo mismo, el Dr. Malarrama, dirigí con esmero:







Y dicho esto, vuelvo a ocuparme de mi equipaje. Tal vez en e-bay pueda conseguir algún quinqué baratito.



Dr. Malarrama.