martes, 18 de septiembre de 2007

El Dr. Malarrama les invita al teatro



Qué tortura esto de hacer el equipaje. Verán, yo lo paso muy mal. Siempre me olvido de algo y, como entenderán, no quiero que eso me ocurra en un viaje tan importante como éste. Imagínense que me presento en Alemania y al llegar la noche me doy cuenta de que me he dejado en casa el camisón de dormir. Qué bochorno. ¿Qué va a pensar de mí mi prometida?

Por eso, aunque todavía falta una semana para mi partida, he decidido ponerme ya a preparar el baúl de viaje con mis cosas. Que si el gramófono portátil para hacer más llevadero el trayecto, que si unos discos de pizarra con los últimos hits de Mozart, que si un tintero de repuesto para ir escribiéndoles mis impresiones sobre el viaje, ya saben lo pesado que se hace esto de cruzar media Europa en carruaje y más con el jet-lag. Pero, como digo, siempre surge algún imprevisto y mientras estaba organizándolo todo me he dado cuenta de que me falta lo más importante. Tengo entendido que allí, en el País de las Salchichas, anochece mucho más temprano, y yo sin un quinqué. ¿No les sobrará alguno a ustedes?

El caso es que me he puesto nervioso y me he dicho: voy a hacer una pausa y a ver si me relajo un poco contándoles mis cuitas a ustedes, mis fieles lectores de How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb. También quería aprovechar la ocasión para hablarles de un tema más artístico, pues como saben, el Arte ocupa un lugar central en estas páginas.

Como saben, marcho en breve y he tenido que abandonar temporalmente a mi compañía de teatro en plena gira europea. Así pues, mis chicos, estarán el Ljubjana, Eslovenia, a mediados de este próximo octubre, donde han sido invitados para representar nuestra exitosa función, Él no como él, de Elfriede Jelinek. Se trata de una obra de un gusto exquisito y de elevado valor moral que, después de dos años de representaciones, ya ha triunfado en Chueca y en varios pueblos de La Mancha. Cuenta con unos actores excelentes y con la proyección en escena de dos obras cinematográficas que yo mismo, el Dr. Malarrama, rodé expresamente para enaltecer el insobornable espíritu vanguardista de la producción. En definitiva, que no se la pueden perder. En
rumbo.es podrán encontrar transporte barato a Ljubjana para mediados de octubre. Están todos invitados. Y si mis palabras todavía no han conseguido convencerles, que lo hagan las imágenes del siguiente trailer promocional de la obra que yo mismo, el Dr. Malarrama, dirigí con esmero:







Y dicho esto, vuelvo a ocuparme de mi equipaje. Tal vez en e-bay pueda conseguir algún quinqué baratito.



Dr. Malarrama.

domingo, 16 de septiembre de 2007

El Dr. Malarrama se va a Alemania


Después de meses de silencio vuelven a entrar ustedes, queridos lectores, en How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb, y empiezan a leer estas líneas con una pregunta en sus mentes, ¿qué ha estado haciendo todo este tiempo el Dr. Malarrama que le ha tenido alejado de nosotros? Esperan encontrar la respuesta a continuación y comienzan ya a quejarse para sus adentros del sinuoso estilo que caracteriza al Doctor, aplazando siempre las respuestas y poniendo en boca de ustedes preguntas hacia las cuales, en realidad, son indiferentes. Por una vez, dejaremos los preámbulos a un lado y les contaré el motivo de la suspensión temporal que han sufrido estas páginas. El Dr. Malarrama ha encontrado el amor.

Sí, el amor. Estas cosas a veces pasan, y puesto que soy hombre de carácter tímido no entraré en detalles, pero quería aprovechar estas líneas para anunciar mi próximo viaje a Alemania, lugar de residencia de mi prometida, Frau Violeta. Alemania, la gran desconocida. Ese país del que tan poco sabemos. Déjenme decirles que estoy un poco nervioso. Sí, de todos es sabido que Alemania es una tierra de gran cultura y gentes educadas. Los niños conocen a Bach y a Beethoven desde su más tierna infancia, y los adultos dirimen sus diferencias con un código estricto de respeto hacia el otro, sin llegar nunca al contacto físico, pues basta sólo un guante y una pistola para limpiar cualquier ofensa. Temeroso de no estar a la altura, he decidido aprender un poco más sobre la Tierra del Rin, y amueblar mi cerebro con la lectura de Goethe, Novalis y Hölderlin. No quiero hacer el ridículo al llegar, así que con ese propósito he modificado también mi atuendo para integrarme mejor en el ambiente:








Gracias a las lecturas que estoy haciendo he descubierto cosas muy interesantes sobre este país de las que quiero hablarles, así que continuaré esta entrada bajo el título del epígrafe siguiente:

Cinco cosas que todo el mundo debe saber sobre Alemania.

1. A lo largo de su vida como estudiante, el alemán medio ha visto al menos cuatro veces Noche y Niebla de Alain Resnais. Dicha película sobre el Holocausto suele ser proyectada en los colegios en numerosas ocasiones, de modo que, cuando el alemán llega a la vida adulta, ha desarrollado un complejo de culpabilidad incurable. Si un alemán les insulta en público, o para el caso, en privado, lo único que tienen que hacer ustedes es responderles con la siguiente pregunta: “¿Qué hizo tu abuelito durante la guerra?”. El ofensor en cuestión se echará a llorar irremediablemente y le pedirá perdón, no sólo a usted, sino a la humanidad entera.


2. Los alemanes beben vino mezclado con agua y comen enormes bolas de patata rellenas de hígado. Nada de tinto de verano: agua le ponen al vino, aunque sea blanco, y cuando no, se lo beben caliente mientras tiritan de frío en la calle. No ponga cara de sorpresa cuando vea una de estas extrañas costumbres, y mucho menos si le hacen partícipes de ellas, cómase el hígado como todo el mundo, no todo va a ser bratwurst mit sauerkraut.


3. Los alemanes son gente trabajadora. ¿Cómo creen ustedes que fue posible el “milagro alemán” de la posguerra? ¿Piensan que un país vencido se reconstruye desde el sillón y con un mando a distancia? Pues no, el alemán se levanta con el canto del gallo para poder tener la mejor industria automovilística de Europa y una seguridad social saneada. Todo esto es para decirles que, si van a Alemania y se quedan en un hotel, póngase en pie antes de las ocho de la mañana. De lo contrario, a esa hora y como un reloj, entrará la mujer de la limpieza para hacer su habitación, sin llamar a la puerta, y se le encontrará a usted en bolinga picada con todas las litronas vacías tiradas por el suelo y provocará un gran escándalo. No se trata de falta de tacto por parte de la trabajadora ni de que tengan poca consideración por la intimidad ajena, muy al contrario: es una cuestión de Imperativo Categórico. A las siete en pie y punto.


4. Al contrario que nosotros, los alemanes respetan y saben valorar la cultura de otros países. No como aquí que, puestos a despreciar, despreciamos hasta lo nuestro. Por ejemplo, Almodóvar: a los alemanes les encanta Almodóvar. Hagan la prueba y entren en un cine a ver Volver en versión doblada (pronúnciese “folfea” en alemán). Verán como todo el público permanece inmóvil en su asiento, con actitud reverencial y sin reírse una sola vez. Claro que, supongo que frases como “este olor a pedo me recuerda a algo” no tienen ni puta gracia en alemán.


5. Los bares y los restaurantes cierran a las 11 de la noche. Si se preguntan qué hacen los alemanes después de esa hora, se lo diré: reciclar. El reciclaje es muy importante en Alemania y hay hasta cinco clases de contenedores diferentes. Ni se le ocurra tirar esas litronas vacías al contenedor rojo. Al principio, tardará un poco de tiempo en poner cada cosa en el contenedor correcto antes de irse a dormir, pero con un poco de práctica conseguirá reducir la duración de dicha tarea a las dos o tres horas que emplea por término medio un alemán todas las noches. Tampoco pongan cara de sorpresa por esto. El alemán se preocupa por el medio ambiente. No en vano los niños pueden repetir Primaria, o ser derivados a una Escuela Técnica, si suspenden el examen de bicicleta de final de ciclo.

Con estos conocimientos y los consejos que les acompañan podrá usted desenvolverse con toda comodidad por Alemania. Yo pienso ponerlos en práctica y debatirlos con los nativos cuando llegue. Confío, con todo esto, no sufrir choque cultural, cuestión que podrán todos usted comprobar en la próxima entrada de How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb: El Dr. Malarrama en Alemania.


Dr. Malarrama.

sábado, 16 de junio de 2007

El Dr. Malarrama se preocupa por el futuro de la humanidad.

Graves peligros amenazan nuestro planeta y el Dr. Malarrama no es ajeno a ellos.


Ya lo decía mi abuelita, la Yaya Malarrama, cuando yo era pequeño y daban las mamachicho por Telecinco: “pero ¿adónde vamos a ir a parar?”. Y, en efecto, mucha gente todavía se hace esa misma pregunta cuando ve los noticiarios en la tele, escucha la cadena COPE o compra La Razón. “¿Adónde vamos a ir a parar?”

Sin embargo, yo no soy una esas personas. Sencillamente, porque ni escucho la radio ni tengo aparato televisor, y el periódico más reciente que ha caído en mis manos este último mes ha sido un New York Herald de 1907 que tuve que robar de una hemeroteca para recortarle el Little Nemo e incluirlo en una página de mi tesis doctoral.

“Se nos para el mundo y el Dr. Malarrama no deja de girar”, dirán ustedes. “Con la de niños que mueren en Biafra todos los días y tú dejándote en el plato la mitad de las criadillas”, decía mi abuela también. Ya les oigo coreando con ella: “así que al Dr. Malarrama se la refanfinfla si bombardean el Líbano, si el Sarkozy se pilla una cogorza en la cumbre del G-8 o si la capa de ozono parece un queso Leerdammer”.

Nada más lejos de la realidad. Yo soy una persona muy comprometida y los avatares del mundo moderno me preocupan como al que más. Como muestra, un botón. El otro día, estando yo en el despacho de la universidad, leí una noticia que me revolvió las entrañas. Me encontraba yo trabajando (como un mulo, por si alguna vez se lo han preguntado) en una mañana de particular estrés: pasando las horas entre enormes tomos de lecturas imprescindibles para mi tesis, nadando entre páginas y páginas de arduos volúmenes para cotejar citas, dejándome los ojos de tanto empollar… Como decía, estaba yo trabajando y ya había conseguido terminar de leerme las tiras de Carlitos y Snoopy cuando, apenas pude limpiarme el sudor de la frente y coger fuerzas para empezar a repasarme la integral de Tintín, cayó en mis manos una noticia que me dejó sin aliento:

“Noventa y nueve superhéroes islámicos compiten contra Batman y Supermán”.

Por lo visto, el islamismo radical acababa de poner su pica en el único territorio cultural que creíamos inconquistable. El cómic de superhéroes.

“Pero ¿adónde vamos a ir a parar?”, me dije. “¡Hasta una cultura otrora tan legendaria y admirable como la árabe”, (otrora me dije: se lo juro), “es capaz en los tiempos que corren de rebajarse así y adoptar los modos fascistas del cómic de superhéroes!”. Y añadí: “el mundo está acabado, ya no hay solución”.

El resto de la noticia confirmaba mi impresión inicial. Leí: “la trama del cómic se remonta al siglo XII, cuando los mongoles invadieron Bagdad con el objetivo de destruir la civilización árabe y, con ella, toda la sabiduría del califato. Para preservar esos conocimientos, se crearon 99 piedras preciosas que albergaron todo ese saber y que fueron llevadas al lugar más remoto del imperio árabe: el reino de Granada en Al Ándalus. Cada una de las piedras otorga a quien la toca uno de los 99 atributos divinos de Allah. Por ejemplo, uno de los personajes es Noura, que significa luz, uno de los atributos de Dios, por ese motivo, ella alumbra a cada persona para que encuentre su bondad interior. Otro de los personajes es Moumita, que significa destructor y que utiliza su poder para destruir todo lo malo.”

Aquello me horrorizó tanto como cuando a Frank Miller le preguntaron qué tema iba a tratar en su
próximo cómic, titulado Batman, Holy Terror!

Fuckin’ Batman kickin’ Osama Bin Laden’s fuckin’ ass, man ─respondió (más o menos).


Fear no more! Porque Frank Miller salvará el mundo con sus dibujicos.

Y entonces pensé en la única super-heroína islámica que conozco. Se trata de Sou-Sou (a.k.a. Mamba Negra) y es de Marruecos. La llamamos así por la siguiente razón. Cada vez que le presentamos a una amiga y ésta, para congeniar y eso, se compadece en voz alta de lo duro que debe ser para una mujer inmigrante y más aún viniendo de una cultura tan machista intentar sobrevivir a los vaivenes de la vida laboral y la salvaje competitividad que intenta desgarrar a dentelladas la dignidad de una mujer luchadora bla bla bla, la Mamba Negra contesta:

─¿Alguna vez has escupido a un hombre a la cara?

Entonces se hace el silencio.

─A mí, cuando me tocan los ovarios ─sigue, sin asomo de broma─, lo que más me gusta es soltar un gapo.

¿Y a quién no? Confiésenlo, escupir a un ser humano es una cosa que todos hemos querido hacer alguna vez. Imagínense que están atados a una silla y, de repente, escuchan un ruido de tacones que se acerca. Es un oficial de las S.S., que viene a interrogarles. “Déme nombres”, le pide, primero amablemente; pero luego, cuando usted se niega a contestar, su voz adquiere un tono de papel de lija. “Déme nombres”, y usted en sus trece; él sosteniendo el cigarrillo entre el dedo índice y el corazón, acerca la mano peligrosamente hacia su cara. “Esto me va a doler más a mí”, dice, y entonces le suelta un sopapo con la mano del cigarrillo. ¿Y qué hace usted? Pues soltarle un gapo en toda la jeta.

Como les iba diciendo, la Mamba Negra tiene estas cosas. No les contaré la cantidad de situaciones indignantes, provocadas por los más bajos representantes del sexo masculino, en las que la Mamba Negra se ha visto envuelta para acabar desarrollando este mecanismo de autodefensa, pero reconozcan, al menos, que como tal mecanismo de defensa es de lo más efectivo. Escupir a la cara es algo a lo que estamos tan poco acostumbrados que, por chunga que sea la víctima a la que has embadurnado con tus mocos, ésta no sabe cómo responder. Ante el shock, se sentirá incapaz de soltar un puñetazo. (En realidad, la única respuesta posible es devolver el escupitajo, pero eso requiere tiempo y preparación, a no ser que estés constipado). Pero, a lo que íbamos, escupir a la cara es algo que mola (y “mola” es la palabra exacta) porque cuando uno lo hace se siente como si fuera miembro de la Resistencia Francesa.

“Poderosas amigas tiene usted, Dr. Malarrama”, estarán pensando. “Primero la Baronesa Lalita y ahora, la Mamba Negra”. Pues la verdad es que sí; tienen razón, podría formar un comando de mujeres asesinas con ellas. Pero déjenme que vaya al grano, porque lo que quería hacer hoy es presentarles a la Mamba Negra en acción y contarles la historia que la convirtió en leyenda.

Verán, lo cierto es que hará así como un año, la Mamba Negra se presentó en el aeropuerto de Bristol, sección de aduanas, con una enorme caja de cartón en la cual estaba impreso un enorme rótulo con las siglas TNT, y debajo de éste, la leyenda: “Frágil, no agitar”. Ante el estupor de los picoletos anglosajones, que examinaban ojipláticos el contenido de la caja en la pantalla del radar, la Mamba Negra, quien por aquel entonces era sólo Sou-Sou, tendió con confianza su pasaporte a uno de los guardias.

Entonces, el encargado del radar le preguntó:

─Señorita, la pantalla muestra que ahí dentro hay componentes electrónicos ¿Qué es lo que lleva en la caja?
─No estoy segura ─contestó ella─, pero creo que son piezas de avión.
─¿Piezas de avión? Pero, ¿por qué trae esto a Inglaterra?
─Y a mí que me cuenta. Yo sólo sé que tengo que entregarle la caja a un tipo que me espera fuera del aeropuerto.

Los guardias se miraron entre ellos.

─Señorita, aquí dice que es usted es de Marruecos.
─Así es ─dijo ella.
─¿No ha oído usted hablar del tratado de Shengen?
─¿Qué coño es el tratado de Shengen? ─preguntó la Mamba Negra, a quien ya le estaban empezando a tocar los ovarios.

Háganse una imagen. Aeropuerto de Bristol, una mujer joven con rasgos árabes, sin los papeles en regla para entrar en Inglaterra y con una enorme caja que dice TNT. ¿Se puede ser más terrorista? Pues esto último es lo que debieron pensar los guardias de aduanas, porque en menos tiempo del que se necesita para leer un cuento de Monterroso, la llevaron al cuartelillo, donde le esperaba un guardia con aspecto de armario ropero, con las manos extendidas hacia ella, listo para cachearla.

Aquello fue la gota que colmó el vaso.

─Cabrón, tú a mi no me tocas ─le gritó a la cara, aprovechando para poner en marcha sus glándulas salivales─. No tits, no ass, you motherfucker ─y mientras pronunciaba cada una de las sílabas se le iba acumulando una mezcla de saliva y mocos en la boca─. Si quieren cachearme, que me traigan a una mujer.

Y ¡zas! Ahí que le soltó todo lo verde en la cara.

El guardia no daba crédito. Jamás había visto nada parecido y, como les dije, no supo cómo reaccionar. Así se que salió de la habitación accediendo a la petición de la Mamba Negra y solicitar la intervención de una agente femenina para proseguir con el cacheo.

─¡Y que no sea lesbiana! ─exigió la Mamba Negra antes de que el guardia saliera de la habitación.

Ya no hacen mujeres como las de antes.

Sé que no se han creído nada de lo que les he contado. Pero les juro por mis gafas de Hunter S. Thompson que es totalmente cierto. Lo que pasa es que la verdad no siempre resulta verosímil, así que intentaré arreglarlo contestando a algunas preguntas que se estarán haciendo.

¿Cómo llegó la Mamba Negra a meterse en una situación tan sospechosa? Sencillo. Su cuñada trabaja en la empresa de mensajería TNT (ya veo que están empezando ustedes a atar cabos; así me gusta: lectores inteligentes) y, de cuando en cuando, confían envíos especiales a gente de confianza, valga la redundancia. La Mamba Negra se prestó a uno de estos envíos. El problema es que, a pesar de haber adquirido el apellido Muñonez por matrimonio, y poder moverse libremente por la Unión Europea, al no haber firmado Inglaterra el tratado de Shengen, no puede entrar en dicho país hasta que no haya conseguido la nacionalidad. Cosa que la Mamba Negra (y cualquier persona con sentido común) no sabía.

¿Cuál es la moraleja de esta historia? La resumiré en una sola frase: “la mejor forma de solucionar las injusticias que hacen sombra sobre nuestra existencia es a base de escupitajos”.

Bueno, quizá esa no sea la moraleja. Pero lo que es cierto que es que la Mamba Negra no necesita ninguna puta piedra de Al-Ándalus para luchar contra el mal y hasta el mismísimo Frank Miller se mearía por la pata abajo si tuviera que encontrarse con una mujer con los ovarios la mitad de bien puestos que la Mamba Negra.

Olvídense de esas bobadas de superhéroes. Los verdaderos héroes están entre nosotros. Y creo que esta es la moraleja a la que quería llegar, pero no me hagan mucho caso porque no estoy del todo seguro.




Dr. Malarrama.

martes, 5 de junio de 2007

El Dr. Malarrama da una lección de arquitectura (vol. 2)

Hoy, en La Hora Barroca del Dr. Malarrama, nuestro periplo artístico abandona el género de la comedia y, al más puro estilo detectivesco, nos lleva a descubrir una serie de sangrientas casualidades.




En nuestro episodio anterior, el Dr. Malarrama viaja a Londres para seguir la pista de Nicholas Hawksmoor, arquitecto barroco y asesino en serie. Lo que en principio comienza como un apacible paseo por el mundo del arte, con sus tirabuzones blancos y sus dentaduras podridas, se convierte en una investigación criminal. El célebre arquitecto pudo tramar la muerte del hijo de su jefe de obra en un intento de imitar la costumbre de los druidas celtas de santificar el suelo de sus construcciones con sangre de joven virgen. Se da la casualidad también de que, 150 años más tarde, Jack el Destripador mata a cinco prostitutas en el londinense barrio de Whitechapel y esparce los cadáveres en las proximidades de la iglesia donde Hawksmoor cometió su tropelía. Después de visitar el lugar del crimen, el Dr. Malarrama se acerca a otra de las iglesias de Hawksmoor, St. George-in-the-East, y descubre algo que le deja boquiabierto. Y es aquí donde continúan las aventuras del Dr.:





St. George-in-the-East se encuentra entre Cable Street y The Highway. Para una zona con un pasado tan oscuro como ésta, el nombre de la última calle (literalmente: “la gran vía”) resulta sospechosamente genérico, como si tuviera algo que ocultar. Y, en efecto, tiene algo que ocultar. The Highway no es más que la nueva denominación de la infame Ratcliffe Highway, donde tuvo lugar el crimen más espantoso de la primera mitad del siglo XIX en Inglaterra. El 7 de Diciembre de 1811, un tal John Williams entró en la tienda de los Marr, un comercio de tejidos, y acabó con la vida de Timothy Marr, su esposa Celia y el hijo de ambos, un bebé de tres meses de edad, al que Williams destrozó la cabeza con un mazo. Doce días más tarde, Williams mató a otras tres personas. Considerando tan horripilante historial, no es de extrañar que cambiasen el nombre de la calle.

Ya era una casualidad importante que esos hechos hubieran ocurrido al lado de una de las iglesias de Hawksmoor, cosa que se repetiría 77 años más tarde en Whitechapel con Jack el Destripador. Pero lo que resultaba más chocante era la significación especial que tenían ambos crímenes, los de Williams y los del Destripador. Si al segundo la prensa lo convirtió en el asesino en serie más conocido de la historia, fueron los crímenes de Williams los primeros en tener una repercusión pública masiva. El siglo XIX comenzaba con los primeros titubeos de la prensa sensacionalista, y los crímenes de la Ratcliffe Highway fueron el abono que alimentó el terreno donde crecería Jack el Destripador. Éste nunca hubiera existido, o al menos no como figura mítica creada por la prensa, si los nuevos medios impresos no hubieran conseguido poner a prueba su poder para provocar una contagiosa oleada de paranoia al cubrir los crímenes de la Ratcliffe Highway. La recién nacida prensa sensacionalista fue el primer punto de unión entre ambos crímenes.

El segundo era, por supuesto, las iglesias de Hawksmoor.

John Williams, el asesino de la Ratcliffe Highway fue sentenciado y colgado en público. No se supo dónde estaba enterrado hasta 1886 (dos años antes de los crímenes del Destripador). Una compañía de gas efectuaba una serie de excavaciones en el cruce de Cable Street y Comercial Road y, accidentalmente, encontraron los restos de John Williams. ¿Saben lo que le había hecho la muchedumbre después de colgarlo? Clavarle una estaca en el corazón. ¿Y saben donde quedaba el cruce en el que encontraron el cadáver? Pues al lado de St. Georges-in-the-East, la iglesia de Hawksmoor.

Hasta 1823, año en que un Acta del Parlamento acabó con la costumbre, era común enterrar a los criminales y a los suicidas en los cruces de caminos. Cualquier cruce de caminos valía para un criminal, pero en el caso de los suicidas se procuraba que el cruce quedara cercano a una iglesia pues, aunque no podían ser enterrados en suelo santificado, cuanto más cercano quedara éste mejor podría descansar el finado. ¿Por qué pues seguir la misma costumbre con John Williams si éste era un criminal? ¿Qué sentido tenía enterrarlo tan cerca de St. Georges-in-the-East, especialmente si tenemos en cuenta que en el cementerio de dicha iglesia yacían los cuerpos de la familia Marr, cuyo descanso podría ser perturbado por la cercanía del asesino?

Fui pensando en todas estas incógnitas durante el viaje en metro a Charing Cross Road, y anduve un rato hasta el Soho, donde había quedado con mi hermano, el Coronel Malarrama, que ultimaba su caza de joyas descatalogadas en una tienda de discos y videos.

─¿Ya has descubierto al asesino? ─me preguntó con tono un tanto socarrón mientras examinaba un vinilo de cuando David Bowie aún se llamaba David Jones.

Le conté a mi hermano, el Coronel Malarrama, lo que había descubierto.

─Pero todo eso ya lo dijo Alan Moore en From Hell ─contestó mientras sus ágiles manos alcanzaban la sección de DVDs de terror, donde había localizado una película de su actor favorito, El Ansia.



─No es verdad. En From Hell no hay ninguna referencia al niño que mató Hawksmoor.
─No mató a ningún niño. Se cayó de un andamio ─y siguió rebuscando entre los DVDs.
─Vaya, qué casualidad, ¿no? ¿Y qué me dices del hijo de los Marr, que está enterrado en St. George-in-the-East?
─Eso ocurrió casi 100 años después de lo del andamio ─dijo sacando un nuevo DVD de la estantería.
─Bueno, pero… ─la verdad es que no había caído en ese detalle─. ¿Y el cadáver de John Williams? ¿Por qué estaba enterrado de ese modo tan extraño? Una estaca en el corazón, un cruce, una iglesia… ¿Por qué lo habían de enterrar al lado de una iglesia?
─Ingenuo ─respondió poniendo en mi mano el DVD que había encontrado.
M. el Vampiro de Düsseldorf.

El Coronel Malarrama tenía razón. El imaginario colectivo con frecuencia ha relacionado la mitología vampírica con el asesinato de infantes. No en vano, a Peter Kurten, el asesino de niños alemán que actuó en 1929 y 1930, se le llamó el “vampiro de Düsseldorf”. Por no hablar de Mohammed Bijeh, el asesino en serie que mató en Irán a 20 niños y que fue ejecutado en 2005, cuando todo el mundo le conocía ya por el sobrenombre de “El vampiro de Teherán”. Estaba claro por qué el populacho había clavado una estaca en el corazón de John Williams y luego le habían enterrado en un sitio donde dos caminos formaban una cruz cerca de terreno santo. Para que su alma nunca pudiese descansar.

Perfil Meetic de Nicholas Hawksmoor. Profesión: arquitecto. Hobbies: las pelucas blancas, la egiptología y los niños.

─Natural, pero ¿qué tiene eso que ver con tu arquitecto? ─preguntó mi hermano, el Coronel Malarrama.
─Por virtud del Acta del Parlamento de 1711, se ordenó construir cincuenta iglesias en Londres, de las cuales la mayoría fueron diseñadas por Hawksmoor. Sólo llegó a construir seis, entre ellas la Christchurch de Whitechapel y St. George-in-the-East. Hawksmoor estaba obsesionado con la alineación de sus iglesias y llegó hasta el punto de amenazar a los comerciantes de la Ratcliffe Highway para que les vendieran sus locales de modo que pudiese utilizar esos terrenos para orientar la posición y la fachada de su iglesia tal y como él quería. No lo consiguió. Los comerciantes se negaron a vender sus tiendas. 100 años más tarde un hombre asalta la tienda de los Marr y los mata.
─Así que tu arquitecto se levantó de la tumba después de 100 años para santificar la tierra de su iglesia con sangre virgen. Total, que se equivocaron y le clavaron la estaca al vampiro equivocado.
─¿Y qué hay de las alineaciones de las iglesias?
─¿Qué alineaciones?
─Todas las iglesias de Hawksmoor están llenas de símbolos egipcios. Los obeliscos, entre ellos. Una de sus iglesias, St. Anne en Limehouse, está construida exactamente igual que un templo egipcio, con la fachada orientada hacia una salida al mar: el río Támesis. A principios del siglo XX se encontró en una excavación cerca de la iglesia restos de cerámica egipcia. ¿Cómo podía saber Hawksmoor que los egipcios habían llegado a Londres mucho antes de que lo hicieran los romanos?
─¿Qué tienen que ver los egipcios con los asesinatos de niños?
─Se rumorea que el niño que murió al caer del chapitel de Christchurch no fue el primero. Que Hawksmoor pudo haber ido matando a un niño por cada iglesia que construyó.
─¿Y eso dónde lo has leído?
─En una novela. La sombra de Hawksmoor, de Peter Ackroyd.
─Ya, en una novela…
─(…)
─Estás obsesionado ─dijo mi hermano, el Capitán Malarrama, mientras se dirigía a la caja con el material que había encontrado: seis vinilos de David Bowie y las películas El ansia, El hombre que cayó a la tierra, Feliz navidad, Mr. Lawrence y Laberinto─ Esta última ya la tengo ─aclaró─, pero así tengo una copia de repuesto por si se desgasta la otra.

Enfurecido, abrí mi mapa de Londres encima de la mesa del dependiente, a quien le quité un rotulador rojo, uno verde y otro negro que, por casualidad, llevaba en bolsillo de la camisa.

─¡Marca en el mapa la iglesia de Christchurch! ─le dije a mi hermano, el Coronel Malarrama─ ¡Marca te digo!
─No te pongas así, hombre.
─Marca ahora St. George-in-the-East.
─¿Contento?
─Y el resto de sus iglesias: St. Anne en Limehouse, Mary Woolnoth y St. George en Bloomsbury.
─Muy bien.
─No te olvides de St. Luke Old Street y St. John Horselydown, sus chapiteles con forma de obeliscos también eran de Hawksmoor.

El dependiente nos miraba con estupor.

─¡Ahora une los puntos! ─le dije a mi hermano, el Coronel Malarrama─ ¡Une los puntos, te digo!

El Coronel Malarrama me miró y luego volvió a clavar la vista en el mapa. Su infalible instinto le hizo dibujar la única figura que los puntos podían sugerir:



Sí, queridos lectores. El ojo de Horus. Hijo de Osiris, dios egipcio cuyo cuerpo fue despedazado y esparcido por todo Egipto.
¿Y qué hay en el lugar que ocupa la pupila del ojo de Horus que Hawksmoor dibujó en el suelo de Londres?
La iglesia de Christchurch, alrededor de la cual Jack el Destripador esparció los cuerpos despedazados de cinco mujeres.




─Se olvida de algo, mate ─dijo el dependiente.
El Coronel Malarrama y yo levantamos los ojos del mapa.
─El animal que simboliza a Horus es el halcón ─continuó el dependiente─. Y Hawksmoor significa literalmente: “el halcón de la marisma”.
─Pero… ¿usted conoce a Nicholas Hawksmoor? ─pregunté.
─Sure ─contestó─ Aquí todo el mundo conoce esa historia, mate. Aquí en Londres nos pirra todo lo que tenga que ver con el Barroco. Lo del ojo de Horus aparece en un libro de poemas de Iain Sinclair, Lud Heat.
Mi hermano, el Coronel Malarrama, se llevó la mano a la boca para taparse las risitas.
─Pues si son ustedes tan listos aquí en Londres, dígame ¿qué es el arte? ─dije, retomando la pregunta que me había llevado a tan largo viaje.
─El arte, mate ─contestó el dependiente─. Es establecer relaciones entre cosas que nunca estuvieron ni jamás podrán estar relacionadas.
Así que, desde entonces, cuando me paran por la calle y me preguntan “¿qué es el arte?”. “¿Sirve para algo acaso? ¿Qué es el arte, Dr. Malarrama?”. Cuando lo hacen, yo contesto sin decir nada, con una sonrisa y guiñando el ojo mientras pienso en el ídem de Horus dibujado sobre el plano de Londres.


Dr. Malarrama

jueves, 31 de mayo de 2007

El Dr. Malarrama da una lección de arquitectura (vol. 1)

¡La Hora Barroca del Dr. Malarrama!

“¿Qué es el arte?”, me dicen con frecuencia. “¿Es genio o simple maña?”. “¿Sirve para algo acaso?”. Me preguntan por la calle: “¿Qué es el arte, Dr. Malarrama?”. Y cuando lo hacen, yo contesto sin decir nada, con una sonrisa y un guiño de ojo enigmático.

Sin embargo, a ustedes, a los fieles seguidores de How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb, no les ocultaré la respuesta a este misterio que ha tenido en vilo a la humanidad desde el principio de los tiempos:

El arte es aquello que nos trasmite elevados valores morales, haciéndonos entrar en contacto con la belleza y transformándonos, por ende, en mejores personas. Con ese mismo fin, hacer de ustedes seres humanos insuperables, How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb dedica todos los meses su sección fija La Hora Barroca del Dr. Malarrama a tratar la obra artística de alguno de esos prohombres con pelucón que proliferaron por las cortes europeas y los salones aristocráticos durante el periodo más jocoso y pachanguero de la historia del Viejo Continente. Hoy, tenemos con nosotros una de las historias más edificantes de aquellos años locos: la de Nicholas Hawksmoor, arquitecto barroco y asesino en serie.


“¿Y qué sabe usted de arquitectura, Dr. Malarrama?”, se dirán. Pues nada, pero de asesinos en serie algo se me quedó de las reuniones que sobre este tema y su manifestación en la novelística del siglo XX, hará dos o tres años, solía mantener con mi exdirector de tesis, un encantador caballero escocés que impartía su asignatura sobre Geoffrey Chaucer con un manual escrito por Terry Jones, el de los Monty Python. “Vaya a Londres, Malarrama”, me decía. “Está en esa región de la Gran Bretaña aún por civilizar que se llama Inglaterra, pero para nosotros, los amantes del lado menos amable de la vida, guarda secretos temibles aún por descubrir. Sí, Malarrama, Londres: una ciudad construida sobre un lecho de sangre”.

Atraído por las enormes promesas turísticas que contenían las palabras de mi exdirector escocés, volé a Londres en compañía de mi hermano, el Coronel Malarrama.

Recuerdo haber leído por primera vez el nombre de Nicholas Hawksmoor en From Hell, una novela gráfica de Alan Moore y Eddie Campbell donde se trata de establecer un vago (y fantasioso) vínculo entre una de las iglesias de este arquitecto, Christchurch Spitalfields en el londinense barrio de Whitechapel, y los asesinatos de Jack el Destripador, ya que, por lo visto, dicho caballero, Jack, sembró todo el barrio de cadáveres de señoritas, los cual fue abandonando por la calle en torno a un patrón circular, cuyo centro es aproximadamente la iglesia en cuestión. Visitar dicha iglesia era el objetivo fundamental de mi viaje, que ya se me anticipaba lleno de grandes diversiones, la mayor de las cuales, aun sin carecer de ciertas cualidades estéticas, nada tuvo que ver con el Arte, ya que tuvo lugar en aquella hilarante ocasión en que un maître londinense, una de las noches de nuestra visita, nos escupió en el ojo al final de la siguiente conversación:

─¿Desean algo de beber los caballeros?

─Un par de copas de tintorro ─contesté yo.

El chef alzó sólo una de sus cejas y replicó con sarcasmo:

─QUÉ clase de vino tinto…

A lo que yo, después de haber echado un vistazo a la carta y comprobado el precio más barato, respondí con absoluta confianza en mi elección:

─Chardonnay, please.

Y aquí fue cuando escupió.

Pero, aunque todos ustedes se estarán preguntando cómo pudo el maître acertar en sendos ojos (el mío y el del Coronel) a través de las gafas de sol, es esa una historia que tendremos que dejar para otra ocasión. De momento nos encontramos frente a la iglesia de Christchurch Spitalfields (Spittle: "salivazo", "escupitinajo"), con su ominoso capitel haciendo sombra sobre el Coronel y el Dr. Malarrama como un puñal alzándose al cielo.

La iglesia de Christchurch en Whitechapel, el Mal Rollo como una de las Bellas Artes.

─¿Y qué tiene de terrible y ominoso esa puta iglesia? ─dijo mi hermano, el Coronel Malarrama, con enternecedora inocencia.

─Fíjate en los detalles paganos de la fachada. El portal dórico, por ejemplo. Ese tipo de portal es muy raro en los templos cristianos. En cambio, era característico de Vitrubio, a quien se ha podido identificar como uno de los primeros arquitectos dionisíacos.

─¿Quién? ─dijo mi hermano, el Coronel Malarrama, mientras, cada vez más interesado por mi relato, echaba un ojo al reloj.

─Dioniso, el dios del Chardonnay y del exceso, pero también dios del falo. Fíjate en ese capitel con forma de obelisco. Ese tipo de construcciones puntiagudas son típicas de Hawksmoor. Igual que los arquitectos dionisíacos, Hawksmoor estaba obsesionado por los símbolos egipcios. Y por las construcciones celtas.

─Mira, hay una tienda de discos por aquí a la que me gustaría echar un vistazo, voy a…

─Los celtas hacían que sus druidas santificaran el suelo antes de construir sus templos. Para ello, bañaban la tierra con sangre de un joven, o una joven, virgen. Cuando Nicholas Hawksmoor terminó de construir Christchurch en 1729 le pidió un favor a su jefe de obra. Por aquella época era costumbre que el hijo del jefe de obra pusiera la última piedra de la iglesia recién terminada. En el caso de Christchurch, la última piedra se tenía que colocar en lo más alto del campanario. El jefe de obra de Hawksmoor consideró todo un honor que su hijo subiera allá arriba. Así que, dicho y hecho, el niño escaló andamio por andamio hasta que, una vez en el último, pisó el tablón con tan mala suerte que, al estar éste podrido, cedió bajo su peso y el niño se estrelló contra el mismísimo pórtico de la iglesia. Hawksmoor le dijo entonces a su jefe de obra: “ya que tu hijo se ha muerto a los pies de mi iglesia, lo más lógico es que lo enterremos aquí mismo, ¿no crees?”. Y allí sigue el cadáver del niño, enterrado bajo la iglesia y santificando el suelo con su sangre.

Silencio absoluto.

─Coronel… ─dije mirando a mi alrededor─ ¿Dónde está usted, Coronel?

Mi hermano, el Coronel Malarrama, se había ido a su tienda de discos.

El Arte, como venía diciendo, es aquello que nos convierte en mejores seres humanos, pero el inconveniente que tiene es que lo que es arte para uno, no tiene porque serlo también para otro. Mientras mi hermano, el Coronel Malarrama, rebuscaba entre pilas de vinilos descatalogados de David Bowie, yo me dirigí al encuentro de otra de las iglesias de Nicholas Hawksmoor, dando un paseo hacia el sur mientras silbaba alegremente Eine Kleine Nachtmusik. Al final del segundo movimiento [Romanze (Andante)] llegué a mi destino, St. George-in-the-East. Lo que allí vi me dejó en un principio desconcertado, pero luego, estupefacto.




St. George-in-the-East: Londres era una fiesta.

En uno de los edificios de la calle donde se encontraba St. George-in-the-East figuraba una placa con el nombre de la vía. Dicho nombre, “The Highway”, me decía bien poca cosa, pero algo en él me resultaba, sin embargo, familiar. Me daba la sensación de haber encontrado antes ese mismo nombre, o al menos parte de él, en el contexto de alguna de las investigaciones criminales en las que había participado con mi exdirector escocés. Consulté una de las guías turísticas que había traído conmigo, El asesinato considerado como una de las Bellas Artes de Thomas De Quincey, y de repente, se hizo la luz.

Le habían cambiado el nombre a la calle.

Y no me extrañaba, después de lo que había pasado allí.

Es lo que tiene el arte. Uno cree ser original cuando se pone a pintar sus monas, pero luego descubres que alguien había hecho lo mismo mucho antes que tú. Jack el Destripador podía haber matado a todas sus víctimas en torno a la Christchurch de Whitechapel; pero allí, en la antigua Ratcliffe Highway, otra persona se le había adelantado.

Y justo delante de otra de las iglesias de Nicholas Hawksmoor.

¡Ah, el Arte!


(Continuará)


Dr. Malarrama.