
viernes, 13 de marzo de 2009
Una crítica de El Espejo del Amor.

jueves, 22 de enero de 2009
Un libro "bonito"
¿Qué es lo que hace que un libro sea “bonito”? ¿Una portada bien diseñada? ¿Ilustraciones? ¿Una tipografía cuidada y ámplios márgenes que permitan una lectura más placentera?
Quizá sea inutil enumerar las características que hacen del libro un objeto valioso en sí mismo. Pero mientras pienso en los libros hermosos que en algún momento u otro han caído en mis manos, me viene a la cabeza La historia interminable. Me refiero a la primera edición de Alfaguara, similar a la original alemana. Aunque poseía las características que he enumerado arriba, lo que hacía especial a ese libro como objeto era que ofrecía al lector una experiencia similar a la de su protagonista. Las ilustraciones y las alambicadas letras con las que daba comienzo cada capítulo eran las mismas que el protagonista, Bastian, admiraba en su ficticia copia de La historia interminable. Así, el libro de Michael Ende llegaba a las manos del lector como si fuera un facsímil de aquel otro libro legendario que permitía entrar a Bastian dentro del mundo de Fantasía.
Cuando el aspecto material de un libro refleja o imita la filosofía con que ha sido escrito puede llegar a convertirse en un objeto realmente fascinante. Pero no vamos a hablar de La historia interminable, sino de otro libro-objeto que lleva ese mismo concepto un poco más allá. Los autores son Alan Moore y Kevin O'Neill, y la obra en cuestión, tercera en la serie “The League of Extraordinary Gentlemen”, se titula The Black Dossier.
The Black Dossier es un volumen de unas doscientas páginas que se vende bajo la etiqueta de “cómic” o “novela gráfica”, términos ambos que nos sirven de poco a la hora de describir sus contenidos. Dentro de The Black Dossier encontramos todo tipo de especies narrativas (por utilizar un término acuñado por Paul Ricoeur que nos evita utilizar la inapropiada palabra “género”). Encontramos, digo, una narración en forma de cómic, pero también fragmentos de narración literaria sin ilustraciones, fragmentos de narración ilustrada con grabados à la Doré, anuncios, informes burocráticos, literatura epistolar escrita en postales, dibujos en tres dimensiones (para los cuales es necesario ponerse unas gafas adjuntas con el volumen), e incluso una imitación en formato folio de una obra inédita de Shakespeare.
Para los neófitos en el mundo del cómic, o para los que no hayan leído las anteriores entregas de La liga de los caballeros extraordinarios, hay que decir que este título pertenece a un género literario muy especial: el pastiche. La premisa de La liga es relativamente sencilla. Se trata de responder a la pregunta: ¿cómo sería el cómic de superhéroes si ese modelo repetido hasta el hastío, el de Superman, jamás hubiera existido? La respuesta de Moore y O'Neill tiene su lógica: frente a la ausencia de Superman, los grupos de superhéroes responderían a modelos anteriores. En el caso de Moore, el modelo a imitar es el de la literatura popular que precedió al cómic. Los héroes de La liga no son otros que Mina Harker, la novia de Drácula; Allan Quatermain, de Las Minas de Rey Salomón; el Capitán Nemo (quien, desmintiendo la desacertada descripción de Verne, es en realidad un Sikh que detesta al Imperio Británico); el Dr. Jekyll y el Hombre Invisible. Y por si las referencias meta-literarias fueran pocas, La liga fue fundada por los servicios de inteligencia británicos, liderados por un misterioso personaje a quien todo el mundo conoce por el sobrenombre de “M”. ¿Les suena la sigla? No se equivoquen, pues detrás de ella se esconde James Moriarty, el archienemigo de Sherlock Holmes.
En 1999, cuando apareció la primera entrega de La liga de los caballeros extraordinarios, se alabó la gran originalidad de la premisa. Pero dudo que Moore y O'Neill tuvieran la pretensión de construir un género original, sino la de insertarse en una tradición preexistente. Philip José Farmer ya había hecho algo parecido en El mundo del río, una serie de novelas protagonizadas nada menos que por Mark Twain, Richard Burton (el capitán, no el actor), ¡y Hermann Goering!
La tradición del pastiche nace probablemente en los comienzos del Barroco, cuando apropiarse de las ideas de los demás no era algo tan mal visto como pretenden hoy en día Teddy Bautista y la SGAE. Entre los amigos de lo ajeno se encontraban autores de variada catadura literaria, desde el Avellaneda que continuó las aventuras de Don Quijote, a Shakespeare, quien fusiló dos obras anteriores para escribir Hamlet y La fierecilla domada. Sin embargo, la pasión contemporánea por el pastiche, al menos en el mundo anglo-sajón, se debe en buena medida a Arthur Conan-Doyle; o mejor dicho, a su muerte, ya que después de ella, un nutrido grupo de escritores (entre los que se cuentan Jardiel Poncela y muy recientemente Michael Chabon) puso su pluma al servicio de Sherlock Holmes, quien demostró así tener una vitalidad superior a la de su autor. Abundan ejemplos similares: George MacDonald Fraser tomó a Flashman, protagonista de su célebre serie de novelas homónimas, del libro Tom Brown's School Days, de Thomas Hughes; los acólitos de Lovecraft, después de su muerte, publicaron toda suerte de novelas basadas en la mitología y la cosmogonía inventada por este autor... Y ya puestos a robar un personaje a otro escritor (imitando también su estilo prosístico y los códigos del género), ¿por qué no robar muchos? ¿Por qué no probar cómo interactúan las creaciones ficticias de autores tan diversos como Bram Stoker, Robert Louis Stevenson o Arthur Conan-Doyle, mezclados con unos cuantos personajes reales que ayuden a desdibujar la frontera entre la realidad y la ficción?
Esta mezcolanza, o hotch-potch (que así llaman los ingleses a este tipo de literatura y también a un pudding), es el principio que anima La liga de los caballeros extraordinarios. Pero en este Black Dossier (y así volvemos al tema que nos ocupa: la belleza del libro) se lleva la mezcolanza un paso más allá. Al igual que el resto de entregas tenemos aquí imitación y mezcla de personajes ajenos, imitación y mezcla de códigos de género, imitación y mezcla de estilos literarios, pero también, y esto es lo que nos interesa, imitación y mezcla de especies literarias. Pondré un ejemplo. Imagínemos que los Dioses Primigenios salidos de la desequilibrada imaginación de H. P. Lovecraft hubieran existido. De ser así su culto habría tenido un gran éxito dentro de las sociedades “mágicas” (pienso en la Golden Dawn o en la Teosofía de Blavatsky) que tanta aceptación tuvieron entre los diletantes de clase alta en la Inglaterra de primera mitad de siglo. En ese caso, ¿quien mejor que P.G. Wodehouse para describir cómo unos aristócratas campestres adoran a Chtulhu? Pues eso justo nos encontramos en The Black Dossier: un extracto de Wodehouse, impreso de forma similar a las primeras ediciones de Woodehouse.
Pero Alan Moore ya nos tiene acostumbrados a incluir pequeñas narraciones noveladas dentro de sus cómics. Veamos otro caso distinto. La inmortalidad es una buena cualidad para un espía. Si el servicio secreto Británico encontrara vivo y coleando a un ser humano nacido en Tebas y con experiencia de combate en la guerra de Troya, las batallas de Maratón y Agincourt, y el sitio de Constantinopla, no dudaría en reclutarlo. Acaso es improbable encontrar un espía de dichas características, podría objetarse; pero no, ahí tenemos al Orlando de Virginia Woolf, quien además tiene la virtud de cambiar de sexo de cuando en cuando, mejorando por tanto sus aptitudes para el disfraz. The Black Dossier incluye un cómic relatando las aventuras de Orlando, pero diseñado a la usanza de primera mitad del siglo XIX, es decir, compuesto de una serie de ilustraciones estáticas acompañadas de leyendas.
Y aun hay más: una obra apócrifa atribuída a Shakespeare (imitando su estilo y la tipografía original de sus ediciones en folio) donde El Bardo relata cómo la reina Isabel encomienda a Próspero el reclutamiento de Orlando y la formación de la primera Liga; una publicación erótica ilustrada con grabados en cuyas páginas se puede contemplar el viaje de la Liga al castillo volador de Laputa, capitaneados por Lemuel Gulliver; y hablando de viajes, ¿sabían que Jack Kerouac se encontró con Mina Harker y Allan Quatermain jr. cuando andaba “en el camino”? En el Black Dossier queda constancia de ello, escrito sin puntuación y en corriente de conciencia (como el manifiesto beatnik manda) y, por supuesto, impreso en papel de pulpa tirando a sepia.
Bastan estos pocos ejemplos para hacer de The Black Dossier un capricho irresistible para el bibliófilo. Ahí reside a primera vista su valor: es un libro bonito compuesto a su vez de muchos otros libros bonitos. En segundo lugar, su calidad es la misma a la que nos tiene acostumbrados Moore con las dos entregas anteriores, aderezada esta nueva con alguna sorpresa: el malvado al que se enfrenta la Liga en esta ocasión es James Bond. Y número tres, ¿quieren saber por qué este Black Dossier es mi entrega favorita de la serie? Porque está diseñado y estructurado de tal forma que sus protagonistas, Mina Harker y Allan Quatermain jr., lo están leyendo al mismo tiempo que tú. El dosier negro es un conjunto de documentos que nuestros héroes han arrebatado a James Bond y que incluye todo tipo de textos literarios sobre la Liga. De cuando en cuando, Harker y Quatermain leen el dossier, y es en esos momentos cuando lse le van presentando os diferentes textos al lector en su formato original. Es decir, el libro que tienen en sus manos es (casi) el mismo que tienes en las tuyas. Como en La historia interminable.
Ya sé que es puro fetichismo, pero ¿qué hay más “bonito” que dejarse caer en la ilusión de que posees un libro salido de un mundo de ficción?
miércoles, 31 de diciembre de 2008
El Espejo del Amor
La tipografía de portada es nada menos que de Nancy Ogami, la diseñadora del logo del Drácula de Coppola.¡Lectores! ¡Lectoras!
El Dr. Malarrama in person se dirige a ustedes para recomendarles un regalo que no puede faltar en sus compras navideñas. Se trata de El espejo del amor, la segunda obra literaria de Alan Moore que se publica en España.
Si la primera era La voz del fuego, su hasta ahora única novela, esta nueva publicación recoge el poema en prosa (ahora en forma de verso) que escribió en 1988 como respuesta a la Cláusula 28, una ley británica aprobada por el gobierno de Thatcher que, créanlo o no, daba carta blanca para el internamiento de homosexuales en campos de concentración.
El espejo del amor es, por un lado, una obra militante, como exigían en su momento las circunstancias; a su vez es, sin embargo, una bellísima historia de amor, cosa excepcional
en un autor que nunca se ha prodigado en el género romántico.
El volumen que encontrarán en las librerías es una nueva edición, o mejor dicho, una versión nueva de este texto, uno de los más personales de Alan Moore. Si en su forma original fue ilustrado por Steve Bissette y Rick Veitch (dos de los artistas de La cosa del pantano), hoy lo acompañan las fotografías del gran José Villarrubia. Aunque “acompañar” es un verbo que se queda corto, porque las ilustraciones no son sólo tan hermosas como el texto, sino que además funcionan de forma tan secuencial como un cómic: las fotografías no sólo ilustran, forman también un texto paralelo al poema y lo enriquecen con su propio ritmo y progresión. Homenajes a Hockney con Jesús Vázquez incluido. Una página en negro que se niega a representar la muerte en las cámaras de gas. El carmín de los besos sobre la tumba de Wilde. El propio Villarrubia y nuestro fiel becario, Roberto Bartual, han traducido las palabras de Alan Moore.
Pues lo dicho, a comprárselo, que los becarios tienen que vivir de algo. Confíen en el Dr. Malarrama: es uno de los libros más hermosos que encontrarán por ahí estas navidades.
Dr. Malarrama.
martes, 5 de junio de 2007
El Dr. Malarrama da una lección de arquitectura (vol. 2)
Hoy, en La Hora Barroca del Dr. Malarrama, nuestro periplo artístico abandona el género de la comedia y, al más puro estilo detectivesco, nos lleva a descubrir una serie de sangrientas casualidades.En nuestro episodio anterior, el Dr. Malarrama viaja a Londres para seguir la pista de Nicholas Hawksmoor, arquitecto barroco y asesino en serie. Lo que en principio comienza como un apacible paseo por el mundo del arte, con sus tirabuzones blancos y sus dentaduras podridas, se convierte en una investigación criminal. El célebre arquitecto pudo tramar la muerte del hijo de su jefe de obra en un intento de imitar la costumbre de los druidas celtas de santificar el suelo de sus construcciones con sangre de joven virgen. Se da la casualidad también de que, 150 años más tarde, Jack el Destripador mata a cinco prostitutas en el londinense barrio de Whitechapel y esparce los cadáveres en las proximidades de la iglesia donde Hawksmoor cometió su tropelía. Después de visitar el lugar del crimen, el Dr. Malarrama se acerca a otra de las iglesias de Hawksmoor, St. George-in-the-East, y descubre algo que le deja boquiabierto. Y es aquí donde continúan las aventuras del Dr.:
St. George-in-the-East se encuentra entre Cable Street y The Highway. Para una zona con un pasado tan oscuro como ésta, el nombre de la última calle (literalmente: “la gran vía”) resulta sospechosamente genérico, como si tuviera algo que ocultar. Y, en efecto, tiene algo que ocultar. The Highway no es más que la nueva denominación de la infame Ratcliffe Highway, donde tuvo lugar el crimen más espantoso de la primera mitad del siglo XIX en Inglaterra. El 7 de Diciembre de 1811, un tal John Williams entró en la tienda de los Marr, un comercio de tejidos, y acabó con la vida de Timothy Marr, su esposa Celia y el hijo de ambos, un bebé de tres meses de edad, al que Williams destrozó la cabeza con un mazo. Doce días más tarde, Williams mató a otras tres personas. Considerando tan horripilante historial, no es de extrañar que cambiasen el nombre de la calle.
Ya era una casualidad importante que esos hechos hubieran ocurrido al lado de una de las iglesias de Hawksmoor, cosa que se repetiría 77 años más tarde en Whitechapel con Jack el Destripador. Pero lo que resultaba más chocante era la significación especial que tenían ambos crímenes, los de Williams y los del Destripador. Si al segundo la prensa lo convirtió en el asesino en serie más conocido de la historia, fueron los crímenes de Williams los primeros en tener una repercusión pública masiva. El siglo XIX comenzaba con los primeros titubeos de la prensa sensacionalista, y los crímenes de la Ratcliffe Highway fueron el abono que alimentó el terreno donde crecería Jack el Destripador. Éste nunca hubiera existido, o al menos no como figura mítica creada por la prensa, si los nuevos medios impresos no hubieran conseguido poner a prueba su poder para provocar una contagiosa oleada de paranoia al cubrir los crímenes de la Ratcliffe Highway. La recién nacida prensa sensacionalista fue el primer punto de unión entre ambos crímenes.
El segundo era, por supuesto, las iglesias de Hawksmoor.
John Williams, el asesino de la Ratcliffe Highway fue sentenciado y colgado en público. No se supo dónde estaba enterrado hasta 1886 (dos años antes de los crímenes del Destripador). Una compañía de gas efectuaba una serie de excavaciones en el cruce de Cable Street y Comercial Road y, accidentalmente, encontraron los restos de John Williams. ¿Saben lo que le había hecho la muchedumbre después de colgarlo? Clavarle una estaca en el corazón. ¿Y saben donde quedaba el cruce en el que encontraron el cadáver? Pues al lado de St. Georges-in-the-East, la iglesia de Hawksmoor.
Hasta 1823, año en que un Acta del Parlamento acabó con la costumbre, era común enterrar a los criminales y a los suicidas en los cruces de caminos. Cualquier cruce de caminos valía para un criminal, pero en el caso de los suicidas se procuraba que el cruce quedara cercano a una iglesia pues, aunque no podían ser enterrados en suelo santificado, cuanto más cercano quedara éste mejor podría descansar el finado. ¿Por qué pues seguir la misma costumbre con John Williams si éste era un criminal? ¿Qué sentido tenía enterrarlo tan cerca de St. Georges-in-the-East, especialmente si tenemos en cuenta que en el cementerio de dicha iglesia yacían los cuerpos de la familia Marr, cuyo descanso podría ser perturbado por la cercanía del asesino?
Fui pensando en todas estas incógnitas durante el viaje en metro a Charing Cross Road, y anduve un rato hasta el Soho, donde había quedado con mi hermano, el Coronel Malarrama, que ultimaba su caza de joyas descatalogadas en una tienda de discos y videos.
─¿Ya has descubierto al asesino? ─me preguntó con tono un tanto socarrón mientras examinaba un vinilo de cuando David Bowie aún se llamaba David Jones.
Le conté a mi hermano, el Coronel Malarrama, lo que había descubierto.
─Pero todo eso ya lo dijo Alan Moore en From Hell ─contestó mientras sus ágiles manos alcanzaban la sección de DVDs de terror, donde había localizado una película de su actor favorito, El Ansia.
─No es verdad. En From Hell no hay ninguna referencia al niño que mató Hawksmoor.
─No mató a ningún niño. Se cayó de un andamio ─y siguió rebuscando entre los DVDs.
─Vaya, qué casualidad, ¿no? ¿Y qué me dices del hijo de los Marr, que está enterrado en St. George-in-the-East?
─Eso ocurrió casi 100 años después de lo del andamio ─dijo sacando un nuevo DVD de la estantería.
─Bueno, pero… ─la verdad es que no había caído en ese detalle─. ¿Y el cadáver de John Williams? ¿Por qué estaba enterrado de ese modo tan extraño? Una estaca en el corazón, un cruce, una iglesia… ¿Por qué lo habían de enterrar al lado de una iglesia?
─Ingenuo ─respondió poniendo en mi mano el DVD que había encontrado.
M. el Vampiro de Düsseldorf.
El Coronel Malarrama tenía razón. El imaginario colectivo con frecuencia ha relacionado la mitología vampírica con el asesinato de infantes. No en vano, a Peter Kurten, el asesino de niños alemán que actuó en 1929 y 1930, se le llamó el “vampiro de Düsseldorf”. Por no hablar de Mohammed Bijeh, el asesino en serie que mató en Irán a 20 niños y que fue ejecutado en 2005, cuando todo el mundo le conocía ya por el sobrenombre de “El vampiro de Teherán”. Estaba claro por qué el populacho había clavado una estaca en el corazón de John Williams y luego le habían enterrado en un sitio donde dos caminos formaban una cruz cerca de terreno santo. Para que su alma nunca pudiese descansar.
Perfil Meetic de Nicholas Hawksmoor. Profesión: arquitecto. Hobbies: las pelucas blancas, la egiptología y los niños.─Natural, pero ¿qué tiene eso que ver con tu arquitecto? ─preguntó mi hermano, el Coronel Malarrama.
─Por virtud del Acta del Parlamento de 1711, se ordenó construir cincuenta iglesias en Londres, de las cuales la mayoría fueron diseñadas por Hawksmoor. Sólo llegó a construir seis, entre ellas la Christchurch de Whitechapel y St. George-in-the-East. Hawksmoor estaba obsesionado con la alineación de sus iglesias y llegó hasta el punto de amenazar a los comerciantes de la Ratcliffe Highway para que les vendieran sus locales de modo que pudiese utilizar esos terrenos para orientar la posición y la fachada de su iglesia tal y como él quería. No lo consiguió. Los comerciantes se negaron a vender sus tiendas. 100 años más tarde un hombre asalta la tienda de los Marr y los mata.
─Así que tu arquitecto se levantó de la tumba después de 100 años para santificar la tierra de su iglesia con sangre virgen. Total, que se equivocaron y le clavaron la estaca al vampiro equivocado.
─¿Y qué hay de las alineaciones de las iglesias?
─¿Qué alineaciones?
─Todas las iglesias de Hawksmoor están llenas de símbolos egipcios. Los obeliscos, entre ellos. Una de sus iglesias, St. Anne en Limehouse, está construida exactamente igual que un templo egipcio, con la fachada orientada hacia una salida al mar: el río Támesis. A principios del siglo XX se encontró en una excavación cerca de la iglesia restos de cerámica egipcia. ¿Cómo podía saber Hawksmoor que los egipcios habían llegado a Londres mucho antes de que lo hicieran los romanos?
─¿Qué tienen que ver los egipcios con los asesinatos de niños?
─Se rumorea que el niño que murió al caer del chapitel de Christchurch no fue el primero. Que Hawksmoor pudo haber ido matando a un niño por cada iglesia que construyó.
─¿Y eso dónde lo has leído?
─En una novela. La sombra de Hawksmoor, de Peter Ackroyd.
─Ya, en una novela…
─(…)
─Estás obsesionado ─dijo mi hermano, el Capitán Malarrama, mientras se dirigía a la caja con el material que había encontrado: seis vinilos de David Bowie y las películas El ansia, El hombre que cayó a la tierra, Feliz navidad, Mr. Lawrence y Laberinto─ Esta última ya la tengo ─aclaró─, pero así tengo una copia de repuesto por si se desgasta la otra.
Enfurecido, abrí mi mapa de Londres encima de la mesa del dependiente, a quien le quité un rotulador rojo, uno verde y otro negro que, por casualidad, llevaba en bolsillo de la camisa.
─¡Marca en el mapa la iglesia de Christchurch! ─le dije a mi hermano, el Coronel Malarrama─ ¡Marca te digo!
─No te pongas así, hombre.
─Marca ahora St. George-in-the-East.
─¿Contento?
─Y el resto de sus iglesias: St. Anne en Limehouse, Mary Woolnoth y St. George en Bloomsbury.
─Muy bien.
─No te olvides de St. Luke Old Street y St. John Horselydown, sus chapiteles con forma de obeliscos también eran de Hawksmoor.
El dependiente nos miraba con estupor.
─¡Ahora une los puntos! ─le dije a mi hermano, el Coronel Malarrama─ ¡Une los puntos, te digo!
El Coronel Malarrama me miró y luego volvió a clavar la vista en el mapa. Su infalible instinto le hizo dibujar la única figura que los puntos podían sugerir:

Sí, queridos lectores. El ojo de Horus. Hijo de Osiris, dios egipcio cuyo cuerpo fue despedazado y esparcido por todo Egipto.
¿Y qué hay en el lugar que ocupa la pupila del ojo de Horus que Hawksmoor dibujó en el suelo de Londres?
La iglesia de Christchurch, alrededor de la cual Jack el Destripador esparció los cuerpos despedazados de cinco mujeres.

─Se olvida de algo, mate ─dijo el dependiente.
El Coronel Malarrama y yo levantamos los ojos del mapa.
─El animal que simboliza a Horus es el halcón ─continuó el dependiente─. Y Hawksmoor significa literalmente: “el halcón de la marisma”.
─Pero… ¿usted conoce a Nicholas Hawksmoor? ─pregunté.
─Sure ─contestó─ Aquí todo el mundo conoce esa historia, mate. Aquí en Londres nos pirra todo lo que tenga que ver con el Barroco. Lo del ojo de Horus aparece en un libro de poemas de Iain Sinclair, Lud Heat.
Mi hermano, el Coronel Malarrama, se llevó la mano a la boca para taparse las risitas.
─Pues si son ustedes tan listos aquí en Londres, dígame ¿qué es el arte? ─dije, retomando la pregunta que me había llevado a tan largo viaje.
─El arte, mate ─contestó el dependiente─. Es establecer relaciones entre cosas que nunca estuvieron ni jamás podrán estar relacionadas.
Así que, desde entonces, cuando me paran por la calle y me preguntan “¿qué es el arte?”. “¿Sirve para algo acaso? ¿Qué es el arte, Dr. Malarrama?”. Cuando lo hacen, yo contesto sin decir nada, con una sonrisa y guiñando el ojo mientras pienso en el ídem de Horus dibujado sobre el plano de Londres.
Dr. Malarrama