
sábado 10 de octubre de 2009
Cierre temporal por traslado.

sábado 5 de septiembre de 2009
Malditos Bastardos (Inglourious Basterds). La representación del nazismo en el cine (y II)
¿Y por qué? Pues porque en la anterior entrada llegué a una conclusión que querría desarrollar, y para tal propósito me viene de perlas una película que está a punto de estrenarse. Malditos Bastardos, de Quentin Tarantino.
Lo que venía argumentando hace unos meses, a raíz de la película El Hundimiento, la cual me entretuvo y me incomodó a partes iguales, era que a la hora de representar el nazismo en la gran pantalla, especialmente si se trata de personajes históricos, no importa tanto que el retrato que se haga de ellos sea el de un villano de cartón piedra o que, por el contrario, se le de alguna buena calidad compensatoria, como ocurría en dicha película; lo único que importa es que el retrato, ya sea de Hitler, de Goebbels, de Göring, de Speer o de quien sea, funcione como un espejo del espectador. Es decir, que cuando lo miremos no nos resulte tan ajeno, tan incomprensibles: que no veamos solo al monstruo, o mejor, que cuando los miremos veamos también, como decía Johnny Cash, un cantante muy querido por Tarantino, la bestia dentro de mí. Solo así tiene algún sentido el retrato de estos personajes. Solo así sirve para algo.
Abogamos, en este sentido, por la aproximación caricaturesca a dichos personajes. Pero no por una caricatura cualquiera de trazo grueso, sino por una que nos permita adivinar algo reconocible y cotidiano bajo los gestos exagerados y los rasgos inhumanos que se nos presentan. Pues bien, esto es precisamente lo que nos vamos a encontrar en la última película de Tarantino.
Pero, antes de seguir: una advertencia. Soy consciente de que, cuando escribo esto, aún faltan un par de semanas para el estreno de Malditos Bastardos, y sinceramente, es una película que mejor no estropear con spoilers, así que les pido, amigos y amigas, que si ustedes son de esas personas a quienes el conocer de antemano el final de una película les hace disfrutar menos su visionado, les pido, insisto, que dejen de leer aquí y ahora. ¿Siguen ahí? Pues bajo su cuenta y riesgo, ustedes verán.
Les pondré en antecedentes. Tarantino, París, 1944. Goebbels decide estrenar en París su última producción, Stolz der Nation, un filme donde, en contra de su costumbre de fomentar los géneros cómico y musical para aumentar la moral de la población, se recurre a una historia “real” del género bélico, la insólita hazaña de Friedrich Zoller (Daniel Brühl), un soldado que, viéndose atrapado en lo alto de un campanario en una población rusa, mata nada menos que a 300 soldados enemigos a lo largo de cuatro días. Sin embargo, Zoller, quien se interpreta a sí mismo en la película, es perfectamente consciente de su impostada condición de héroe nacional. Matar 300 hombres no fue para él una cuestión de valentía, sino de supervivencia. El caso es que Zoller, cinéfilo irredento, llega a París con la comitiva de Goebbels para preparar el estreno de la película; y en estas, conoce a la joven propietaria de un cine, de la que se enamora, y quizá no para impresionarla ni para seducirla, sino intentando estúpidamente hacerle un favor, le propone utilizar su local para el estreno de Stolz der Nation. Estreno al que asistirán nada menos que Goebbels, Göring, Bormann, es decir, la cúpula mayor del Reich; pero también el mismísimo Führer, Adolf Hitler.
La presencia de Hitler en Malditos Bastardos no sorprenderá a nadie. Ya lo hemos visto en el trailer gritando ese nein, nein, nein que nos anuncia el tratamiento que Tarantino ha dado al personaje: un tratamiento caricaturesco, qué duda cabe, pero interpretado por un buen actor (Martin Wuttke) que ha sabido modular sutilmente esa característica tan esencial de Hitler en la que tanto ha insistido la historiografía, su continuo pasar, a veces en medio de una frase, de un histrionismo gritón a un tono meditabundo y reflexivo. Más allá de eso, el personaje no tiene mayor profundidad humana. ¿Cómo tenerla? ¿Acaso sabemos algo de dicha humanidad como para podérsela dar? Y sin embargo, en una escena, una de las últimas de la película, y en mi opinión, una de las más desconcertantes del cine de Tarantino, mientras todos los mandamases del Reich se encuentran en la sala viendo entusiasmados Stolz der Nation, Hitler hace algo sobrecogedor que resume, en cuestión de un segundo, la naturaleza de su humanidad.
Pero dejemos esto para luego porque me gustaría hablar antes sobre Goebbels (Sylvester Groth), un personaje que en Malditos Bastardos responde de una manera bastante exacta al modelo de representación del nazi por el que yo abogaba en la anterior entrada. El amigo Goebbels aparece, básicamente, en dos escenas. La primera de ellas es un desayuno, al que asisten Friedrich Zoller, la dueña del cine y varios altos mandos de las SS, en el que Goebbels lleva el peso de la conversación; una conversación dedicada a negociar con la dueña del cine los pormenores relativos al estreno de la película, pero hábilmente sazonada por Goebbels con las mismas digresiones y chascarrillos de las que un empresario podría hacer gala mientras cierra un trato con un cliente en un prostíbulo. La segunda escena tiene lugar durante la proyección de la película. Goebbels contempla la película, de la que se siente responsable, pero inseguro de su resultado. Casi podemos verle temblar hasta que Hitler le susurra al oído: “Joseph, creo que has hecho tu mejor película”. Y Goebbels sonríe de oreja a oreja como un niño en la mañana de Reyes.
No es necesario leer y releer los diarios de Goebbels, y luego hacer un profundo análisis psicológico de su personalidad para retratarlo de manera verosímil en pantalla. Al menos a mí estos dos detalles, su babosería putañera y su sincero deseo de agradar, me bastan. Y me bastan porque me son inmediatamente reconocibles: puedo ver semejantes actitudes en gente que conozco o que he conocido, o incluso en mí mismo. Hypocrite lecteur, mon semblable, mon frère, decía Baudelaire. Oh, hipócrita espectador, mi igual, mi hermano, podría decir el Goebbels de Tarantino.
Quedémonos con esta hipocresía apenas esbozada en Goebbels, o dicho de otro modo, con este espejo que por un breve instante nos devuelve de refilón un destello de nosotros mismos y de la gente que nos rodea. Quedémonos con él, digo, porque vamos a volver con Hitler ahí donde lo dejamos, sentado en su butaca, mirando con interés la película, sin estar del todo seguro todavía si le gusta o no, pero a pesar de todo siguiendo con atención el desarrollo de Stolz der Nation. Uno tras otro caen los soldados rusos, en la pantalla Friedrich Zoller haciendo de Friedrich Zoller se limpia el sudor, apunta con el rifle y mata a dos o tres soldados más. Caen como moscas. Los cadáveres se acumulan. Sobre el pavimento, en una fuente, cayendo por las ventanas. Y entonces Hitler reacciona y sin dejar de mirar la pantalla hace ese gesto revelador de su humanidad que antes dejamos en suspenso.
Hitler se ríe. No, no se ríe. Se carcajea. Se parte el culo.
...y el Cine.Hipócrita espectador. ¿No es esa la misma risa con la que celebrábamos los chorretones de sangre de Kill Bill o los pedacitos de cerebro en el asiento trasero de un coche en Pulp Fiction? Sí, es posible que en esta escena, al hacernos sentar en la misma butaca que Hitler, Tarantino esté cuestionando su propio modo de representar la violencia en sus películas, o tal vez, la representación de la violencia en cualquier película. Pero más allá de eso, Tarantino nos está advirtiendo de algo que parece obvio pero que es algo de lo que muchas veces nos olvidamos: que una imagen no es igual a la cosa que representa. Que Hitler no es eso que está en la pantalla. Que Goebbels tampoco. Que ninguna imagen de la violencia y del horror y de los vagones de madera y de los judíos de Schindler no nos puede enseñar la verdad. Al menos no de forma directa. Tan sólo podemos adivinarla, por alusión, tomando un desvío, bajo la imagen, un desvío que nos lleva a nosotros mismos, al único lugar donde podemos encontrarla. En nuestro interior. El verdadero protagonista de Malditos Bastardos, el coronel de las SS Hans Landa, nos lo explica así al principio de la película: “Si tuviéramos que buscar un equivalente a los alemanes en el mundo de las bestias, diríamos que es el halcón; si tuviéramos que buscárselo a los judíos, diríamos que la rata. ¿Y qué hace ud. con las ratas? Las mata, ¿no? Desde luego no le ofrecerá este vaso de leche que acaba de ofrecerme a mí. ¿Y cuál es la razón de tanta agresividad? Tan probable es que una rata le contagie una enfermedad como que lo haga una ardilla. Ambos son roedores. Y sin embargo, a una ardilla jamás la trataría igual.”
Ah, the beast in me…
Y es por todo esto que el retrato del nazismo que se hace en Malditos Bastardos es uno de los más honestos (y humildes) que puedo recordar. Y eso que, contra lo que prometí, no les he contado el final de la película.
miércoles 3 de junio de 2009
Sobre la representación del nazismo.
Demasiado espacio le hemos dedicado últimamente a los libros, con tanta Bernarda Alba, Luigi Serafini y demás. Como no sólo de letras vive el hombre, en la entrada de hoy volvemos a un tema que tenemos un poco abandonado desde hace algunos meses: el cine.
¡Ah, la imagen cinematográfica! Qué traidora es a veces... Quería dedicar algunas líneas a este tema después de haber visto, hace unos días y con mucho retraso con respecto a su estreno, una película que en su momento dio mucho que hablar; más en Alemania que aquí, todo hay que decirlo. Me refiero a El Hundimiento, de Oliver Hirschbiegel.
El Hundimiento viene a contarnos los eventos sucedidos en el bunker de Hitler durante los quince o veinte días que duró el sitio de Berlín; incluyendo, claro está, el sucidio de Hitler y Eva Braun. La película tuvo cierta relevancia por varios motivos. Uno, la soberbia aunque discutible interpretación que Bruno Ganz hace del Führer. Dos, la decisión del director y del actor de representar no a un monstruo, sino a un ser humano. Y tres, el hecho de que no es muy frecuente que el cine alemán aborde estos temas, por motivos obvios; y mucho menos cuando de lo que se trata no es de poner distancia entre Hitler y el espectador, sino todo lo contrario.
La polémica que suscitó El Hundimiento en Alemania no llegó a España, o acaso tan solo los ecos de la voz gritona de Wim Wenders, quien criticó la película alegando que, en sus pretensiones de representar a Hitler como un ser humano, lo único que consigue es glorificarle. En realidad, no se le escuchó mucho, y con razón. Sus acusaciones resultaban un tanto sospechosas si se tomaban en consideración los celos que Wenders (quien en su momento fue el director alemán más conocido fuera de su país) pudiera sentir hacia El Hundimiento, que ya se ha convertido en la película más exitosa de la historia del cine alemán.
Vista ahora, con distancia, me pregunto si Wenders no tenía en el fondo un poco de razón. No en lo de la glorificación de Hitler: estoy convencido de que no era ésa la intención de Hirschbiegel y dudo que, la fuera no, el resultado final produzca dicho efecto en absoluto. Sin embargo, sí me parece que tiene razón al advertir que su intento de representar humanamente a Hitler fue un fracaso.
Porque la pregunta es ¿se puede representar humanamente a Hitler? La respuesta que tradicionalmente se ha dado es “no”. El argumento que hay detrás de esta respuesta me parece, sin embargo, equivocado. “Hitler fue un monstruo”, nos han dicho; “lo que hizo es incomprensible, un ser humano no es capaz de hacerlo”.
Este tipo de argumentación, creo yo, está basada en un falso silogismo. Es falso y además, peligroso, porque cuando lo formulamos, lo que queremos decir es: “nosotros no seríamos capaces de hacer lo que hizo Hitler”. Pero, aunque esto último sea cierto (o al menos, debemos suponerlo así), eso no quiere decir que Hitler no fuera humano, esto es, capaz de sentir algo por alguien, de una manera más o menos desinteresada.
Esto es precisamente lo que se esfuerza por demostrar la película, y hay que darle las gracias de que lo haga de forma relativamente sutil. O quizá no tanto... En la primera escena de El Hundimiento vemos cómo Hitler escoge a su nueva secretaria entre varias jóvenes. La cualidad que le hace decidirse es el lugar de nacimiento de la chica, Munich, donde él mismo pasó sus años más difíciles, pero también los más felices. Su delicadeza, su amabilidad con ella son indiscutibles. El papel de Hitler en la película acaba con su suicidio: una escena íntima, con un hombre abrumado por la pesadumbre y una mujer, Ewa Braun, cuyo amor por él queda fuera de toda duda. El círculo se cierra. Todos los desmanes, gritos y crueldad de Hitler quedan enmarcados por estas dos escenas que nos recuerdan, de una manera un poco burda, que el Führer también tenía sentimientos.
Pero, ¿de qué manera nos ayuda esto a comprender mejor el nazismo?
De ninguna. La postura estética que lleva a representar a los nazis como seres humanos es, en el fondo, tan banal como la que lleva a representarlos como monstruos sin humanidad. Es obvio que fueron seres humanos. Tuvieron una madre, infancia, se enamoraron alguna vez, digo yo. ¿Por qué no iban a ser humanos? En El Hundimiento podemos ver la mirada de Hitler cuando envenena a su perro, el trato cordial con su secretaria, su pesar emocional al descubrir que hasta su querido Albert Speer le ha dado la espalda. Es posible que todo esto nos acerque emocionalmente a la figura de Adolf Hitler, pero ahí reside el problema de esta forma de representarle a él y al nazismo, porque al descubrir en él sentimientos que podemos relacionar con nosotros mismos, nos despierta una cierta simpatía. Sin embargo, esa simpatía no tiene ningún objeto, ya que por mucho que nos permita mirarnos en Hitler, no nos dice nada sobre nosotros mismos. Es necesario algún otro tipo de identificación, algo que nos permita plantearnos una pregunta que debería estar implícita en toda representación del nazismo: “si Hitler era un ser humano como yo, ¿qué es eso que le llevó hacer lo que hizo? Porque, como ser humano, eso también debe estar dentro de mí...”
No es necesario responder a la pregunta, porque quizá no sea posible responderla. Sin embargo, sí es necesario plantearla porque sin ella no creo que haya representación del nazismo que pueda ser éticamente válida.
Ocurre que, con Hitler, dicha pregunta es imposible de plantear. Eva Braun afirmó en cierta ocasión (y aparece reflejado en la película) que, después de quince años viviendo con él, ni siquiera ella sabía quién era Adolf Hitler. Nadie, ni su propia esposa supo quién se escondía detrás de la máscara del Führer. Adolf Hitler fue y sigue siendo un enigma. ¿De qué nos sirve entonces cualquier representación de Hitler que busque que nos identifiquemos con él, si nunca vamos a poder ver detrás de esa máscara?
La cuestión es que no tenemos datos verdaderos sobre Hitler y su mundo interior. Oh, tenemos datos, sí; pero todos son producto de sus mentiras, como no podía ser de otra manera dado su poder de seducción. Siendo así, me pregunto si la única representación posible de Hitler no es, precisamente, la representación caricaturesca. Porque en el fondo, El Hundimiento, a pesar de su intento de humanizarlo, cae también en la caricatura, como no podía ser de otro modo. Es un hombre reducido a un conjunto de tics. Un personaje plano: la única información que se da sobre él son los signos externos de su sufrimiento. No hay profundidad psicológica. No puede haberla.
Si esto así, si dadas las peculiaridades históricas de este personaje cualquier representación de Hitler no puede aspirar más que a la caricatura, ¿no será entonces la manera más ética de representarlo aquella que asuma esta limitación y, en lugar de conseguir lo que no puede, exagere la caricatura al máximo? Pienso en Osamu Tezuka, quien en su cómic Adolf, realizó en mi opinión una de las representaciones más satisfactorias que se hayan hecho de Hitler. El Führer dibujado por Tezuka es un hombre que contorsiona su cuerpo de maneras anatómicamente imposibles; un hombre que, cuando grita, abre la boca hasta adquirir el tamaño de un balón; un hombre que, cuando se enfada, resulta insoportablemente cómico.
Cómico. Hasta que a uno se le congela la sonrisa al darse cuenta de que se está riendo de un dibujo. De que exagerando su máscara, se nos está diciendo “éste Hitler no es real”. Y si no lo es, entonces el Hitler real debe encontrarse en algún lugar debajo de tanta contorsión, grotesca ella como un cuadro Bacon, pero ¿dónde?
En ningún sitio.
Eso es lo máximo que se puede conseguir con la representación del nazismo. Preguntar “¿cuál de sus cualidades humanas le llevó a hacer lo que hizo?”. Preguntarlo sin obtener respuesta. Por eso la sonrisa se congela: porque el no poder responder a esa pregunta equivale a tener que admitir “entonces, también me puede pasar a mí”.
viernes 22 de mayo de 2009
La casa de Bernarda Alba zombi.

Pero quería volver al tema de los zombis y Jane Austen porque desde hace cosa de un año circulaba por Internet un curioso texto titulado La casa de Bernarda Alba zombi. Las primeras alusiones en foros a este título hablaban de broma literaria en remedo de la operación llevada a cabo por Grahame-Smith, pero cuando el viernes pasado la editorial Cátedra anunció su intención de editarlo en la colección Letras Hispanas (con su habitual aparataje de introducción crítica y notas al pie), se disiparon todas las dudas sobre la autenticidad del texto.
Esta nueva versión de La casa de Bernarda Alba ofrece lo que el subtítulo de la obra promete: “un drama de mujeres en una España llena de zombis”. La introducción que la acompaña da respuesta a las preguntas que desde hace un año se han estado haciendo las pocas personas que ya conocían el texto, algunos avezados internautas y unos pocos estudiosos de Lorca como Ian Gibson. El “manuscrito z”, como se denominó en círculos filológicos al texto de La casa de Bernarda Alba zombi, es obra de Pepín Bello, uno de los mejores amigos de Lorca en la Residencia de Estudiantes, y capitán intelectual del genial trío compuesto por Lorca, Buñuel y Dalí. Lo más sorprendente, como nos cuentan los autores de la introducción, es que en realidad, este “manuscrito z” es la forma que tenía originalmente la obra que al final acabó publicando Lorca con su nombre.
Durante un breve periodo de tiempo, Cátedra pone a nuestra disposición una versión on-line en pdf del libro que saldrá a la venta a finales de este 2009 y que devolverá por fin al drama de Lorca su pureza textual originaria. Podéis descargarla pinchando el siguiente link de Rapidshare:
http://rapidshare.com/files/236033227/la_casa_de_bernarda_alba_zombi.pdf
jueves 23 de abril de 2009
La Pandilla Basura.
...Y ya que con la historia del conde Libri dedicábamos la entrada de la semana pasada a los amanuenses medievales, toca esta semana hablar de un amanuense moderno, es decir, de un autor de cómic. Es Art Spiegelman, a quien conoceréis por su monumental Maus; tremenda biografía de un superviviente de Auschwitz, el propio padre del autor.
Sobre Spiegelman hay dos datos importantes a reseñar (bueno, hay muchos más, pero para los propósitos de esta entrada, me conformo con dos). El primero, que se parece a Woody Allen pero sin el sentido lúdico de la vida que tiene este último. En otras palabras: sus manías y sus fobias, que él mismo atribuye a una educación judía fundamentalmente neurótica, son fuente constante de tortura para él. El segundo, que ése no poder dejar de torturarse ha provocado que su obra sea escasa; tal vez porque a su autor se le antoja insoportablemente dolorosa, tal vez porque, desde Maus, desde Auschwitz, ya no se pueda escribir nada, como decía Jorge Semprún.
Es motivo para hablar de Spiegelman la reedición de Breakdowns, una antología de sus cómics experimentales de los 70, que incluye como añadido una introducción en forma de cómic de más de veinte páginas, es decir, casi la extensión de su última (y decepcionante) obra, Bajo la sombra de las torres. A la introducción de Breakdowns habría que dedicarle una entrada aparte, pues nos devuelve el mejor Spiegelman (algunas de sus secuencias te ponen los pelos como escarpias) y porque hace concebir ciertas esperanzas sobre el futuro de su carrera (el haber conseguido dibujar veinte páginas en un año es todo un récord para él). Pero no, de lo que vamos a hablar en esta entrada no es de ninguno de sus cómics, ni de su trabajo como portadista o director artístico del New Yorker, sino de una colección de cromos infantiles. Aunque lo de “infantiles” es un decir... Esta colección fue diseñada por Spiegelman para la compañía Topps. Quizá el título original de dicha colección, Garbage Pail Kids, no os diga mucho, pero quizá sí su traducción al castellano: la Pandilla Basura.
Pincha en la imagen para verla con más detalle.
Si no recuerdo mal, estos cromos debieron aparecer en España hacia finales de los años 80, y de inmediato nos volvieron locos a todos los críos que, por aquel entonces, estábamos en el colegio. Cada cromo representaba a un niño con aspecto de muñeca (parodias, en realidad, de las Cabbage Patch Kids) cuyos rasgos distintivos estaban relacionados con alguna atrocidad. Por ejemplo, Adam Bomb se suicida haciendo estallar una bomba atómica dentro de su cabeza, Corroded Carl tiene el cuerpo lleno de granos del tamaño de cráteres, y Creepy Carol es una especie de monstruo de Frankenstein que rompe los espejos con solo mirarse en ellos. Precedentes a este aberrante catálogo de niños ya había uno, aunque más elegante, en el libro The Gashlycrumb Tinies (1963), de Edward Gorey, donde la enfermiza pluma de este ilustrador norteamericano pone letra e imagen a las muertes, variadas e inverosímiles, de veinticuatro protagonistas infantiles. Iba a calificar este libro de hermoso, pero está claro que esa no es la palabra, y sin embargo podemos utilizarla sin que se nos caigan los anillos, si de lo que se trata es de compararlo con la Pandilla Basura de Spiegelman. En su momento, fue considerada tan vulgar, tan desagradable, tan sin propósito, que se prohibieron sus cromos en muchos colegios, el mío incluído; creo yo, ahora con la perspectiva del tiempo, no tanto por los perniciosos efectos que pudieran tener sobre nuestras inmaculadas mentes infantiles, sino debido a que su poder de fascinación nos impedía atender a materias mucho más provechosas como las Sociales o la Literatura.
Pincha en la imagen para verla con más detalle.
Pero ¿de dónde venía ese poder de fascinación? Supongo que, una vez más con la perspectiva del tiempo, ahora que sabemos que fue Spiegelman quien creó los personajes de la Pandilla Basura (aunque, sin embargo, fueron dibujados por ilustradores como John Pound y Jay Lynch, bajo su dirección), es demasiado tentador analizar psicoanalíticamente sus cualidades. Sí, la Pandilla Basura es fruto de una mente torturada por un padre castrante que sobrevivió a Auschwitz y una madre que se suicidó sin dejar nota de despedida. Sí, es una sublimación de los terrores de la adolescencia: desde el empollón que se vuela la cabeza, hasta el niño barbudo que adora travestirse. Pero, al mismo tiempo, intuyo que lo que nos atraía de estos cromos, lo que hace trascender su aparente vulgaridad, es la misma contradicción que late en Maus, la obra magna de Spiegelman (inciso: ¿por qué los israelís no la consideran “obra sagrada” y sí lo hacen con La Lista de Schindler?), que debajo de las apariencias más inocentes, ya sea la cara de un gato, de un ratón, o de un rollizo muñeco con pinta de bebé, pueden esconderse las atrocidades más espantosas. Supongo que es lo mismo que le enseñan a los niños los cuentos de hadas como Caperucita Roja, y supongo también que es lo mismo que sigue enseñándoles la buena literatura infantil; lo cual basta para reivindicar La Pandilla Basura, y para merecer que se haga una lectura de estos cromos en paralelo a otras obras mayores de Spiegelman, como Maus y el prólogo de Breakdowns.
Para ver la colección entera de La Pandilla Basura, pincha aquí.


