“¿Qué es el arte?”, me dicen con frecuencia. “¿Es genio o simple maña?”. “¿Sirve para algo acaso?”. Me preguntan por la calle: “¿Qué es el arte, Dr. Malarrama?”. Y cuando lo hacen, yo contesto sin decir nada, con una sonrisa y un guiño de ojo enigmático.
Sin embargo, a ustedes, a los fieles seguidores de How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb, no les ocultaré la respuesta a este misterio que ha tenido en vilo a la humanidad desde el principio de los tiempos:
El arte es aquello que nos trasmite elevados valores morales, haciéndonos entrar en contacto con la belleza y transformándonos, por ende, en mejores personas. Con ese mismo fin, hacer de ustedes seres humanos insuperables, How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb dedica todos los meses su sección fija La Hora Barroca del Dr. Malarrama a tratar la obra artística de alguno de esos prohombres con pelucón que proliferaron por las cortes europeas y los salones aristocráticos durante el periodo más jocoso y pachanguero de la historia del Viejo Continente. Hoy, tenemos con nosotros una de las historias más edificantes de aquellos años locos: la de Nicholas Hawksmoor, arquitecto barroco y asesino en serie.
“¿Y qué sabe usted de arquitectura, Dr. Malarrama?”, se dirán. Pues nada, pero de asesinos en serie algo se me quedó de las reuniones que sobre este tema y su manifestación en la novelística del siglo XX, hará dos o tres años, solía mantener con mi exdirector de tesis, un encantador caballero escocés que impartía su asignatura sobre Geoffrey Chaucer con un manual escrito por Terry Jones, el de los Monty Python. “Vaya a Londres, Malarrama”, me decía. “Está en esa región de la Gran Bretaña aún por civilizar que se llama Inglaterra, pero para nosotros, los amantes del lado menos amable de la vida, guarda secretos temibles aún por descubrir. Sí, Malarrama, Londres: una ciudad construida sobre un lecho de sangre”.
Atraído por las enormes promesas turísticas que contenían las palabras de mi exdirector escocés, volé a Londres en compañía de mi hermano, el Coronel Malarrama.
Recuerdo haber leído por primera vez el nombre de Nicholas Hawksmoor en From Hell, una novela gráfica de Alan Moore y Eddie Campbell donde se trata de establecer un vago (y fantasioso) vínculo entre una de las iglesias de este arquitecto, Christchurch Spitalfields en el londinense barrio de Whitechapel, y los asesinatos de Jack el Destripador, ya que, por lo visto, dicho caballero, Jack, sembró todo el barrio de cadáveres de señoritas, los cual fue abandonando por la calle en torno a un patrón circular, cuyo centro es aproximadamente la iglesia en cuestión. Visitar dicha iglesia era el objetivo fundamental de mi viaje, que ya se me anticipaba lleno de grandes diversiones, la mayor de las cuales, aun sin carecer de ciertas cualidades estéticas, nada tuvo que ver con el Arte, ya que tuvo lugar en aquella hilarante ocasión en que un maître londinense, una de las noches de nuestra visita, nos escupió en el ojo al final de la siguiente conversación:
─¿Desean algo de beber los caballeros?
─Un par de copas de tintorro ─contesté yo.
El chef alzó sólo una de sus cejas y replicó con sarcasmo:
─QUÉ clase de vino tinto…
A lo que yo, después de haber echado un vistazo a la carta y comprobado el precio más barato, respondí con absoluta confianza en mi elección:
─Chardonnay, please.
Y aquí fue cuando escupió.
Pero, aunque todos ustedes se estarán preguntando cómo pudo el maître acertar en sendos ojos (el mío y el del Coronel) a través de las gafas de sol, es esa una historia que tendremos que dejar para otra ocasión. De momento nos encontramos frente a la iglesia de Christchurch Spitalfields (Spittle: "salivazo", "escupitinajo"), con su ominoso capitel haciendo sombra sobre el Coronel y el Dr. Malarrama como un puñal alzándose al cielo.
─¿Y qué tiene de terrible y ominoso esa puta iglesia? ─dijo mi hermano, el Coronel Malarrama, con enternecedora inocencia.
─Fíjate en los detalles paganos de la fachada. El portal dórico, por ejemplo. Ese tipo de portal es muy raro en los templos cristianos. En cambio, era característico de Vitrubio, a quien se ha podido identificar como uno de los primeros arquitectos dionisíacos.
─¿Quién? ─dijo mi hermano, el Coronel Malarrama, mientras, cada vez más interesado por mi relato, echaba un ojo al reloj.
─Dioniso, el dios del Chardonnay y del exceso, pero también dios del falo. Fíjate en ese capitel con forma de obelisco. Ese tipo de construcciones puntiagudas son típicas de Hawksmoor. Igual que los arquitectos dionisíacos, Hawksmoor estaba obsesionado por los símbolos egipcios. Y por las construcciones celtas.
─Mira, hay una tienda de discos por aquí a la que me gustaría echar un vistazo, voy a…
─Los celtas hacían que sus druidas santificaran el suelo antes de construir sus templos. Para ello, bañaban la tierra con sangre de un joven, o una joven, virgen. Cuando Nicholas Hawksmoor terminó de construir Christchurch en 1729 le pidió un favor a su jefe de obra. Por aquella época era costumbre que el hijo del jefe de obra pusiera la última piedra de la iglesia recién terminada. En el caso de Christchurch, la última piedra se tenía que colocar en lo más alto del campanario. El jefe de obra de Hawksmoor consideró todo un honor que su hijo subiera allá arriba. Así que, dicho y hecho, el niño escaló andamio por andamio hasta que, una vez en el último, pisó el tablón con tan mala suerte que, al estar éste podrido, cedió bajo su peso y el niño se estrelló contra el mismísimo pórtico de la iglesia. Hawksmoor le dijo entonces a su jefe de obra: “ya que tu hijo se ha muerto a los pies de mi iglesia, lo más lógico es que lo enterremos aquí mismo, ¿no crees?”. Y allí sigue el cadáver del niño, enterrado bajo la iglesia y santificando el suelo con su sangre.
Silencio absoluto.
─Coronel… ─dije mirando a mi alrededor─ ¿Dónde está usted, Coronel?
Mi hermano, el Coronel Malarrama, se había ido a su tienda de discos.
El Arte, como venía diciendo, es aquello que nos convierte en mejores seres humanos, pero el inconveniente que tiene es que lo que es arte para uno, no tiene porque serlo también para otro. Mientras mi hermano, el Coronel Malarrama, rebuscaba entre pilas de vinilos descatalogados de David Bowie, yo me dirigí al encuentro de otra de las iglesias de Nicholas Hawksmoor, dando un paseo hacia el sur mientras silbaba alegremente Eine Kleine Nachtmusik. Al final del segundo movimiento [Romanze (Andante)] llegué a mi destino, St. George-in-the-East. Lo que allí vi me dejó en un principio desconcertado, pero luego, estupefacto.

St. George-in-the-East: Londres era una fiesta.
En uno de los edificios de la calle donde se encontraba St. George-in-the-East figuraba una placa con el nombre de la vía. Dicho nombre, “The Highway”, me decía bien poca cosa, pero algo en él me resultaba, sin embargo, familiar. Me daba la sensación de haber encontrado antes ese mismo nombre, o al menos parte de él, en el contexto de alguna de las investigaciones criminales en las que había participado con mi exdirector escocés. Consulté una de las guías turísticas que había traído conmigo, El asesinato considerado como una de las Bellas Artes de Thomas De Quincey, y de repente, se hizo la luz.
Le habían cambiado el nombre a la calle.
Y no me extrañaba, después de lo que había pasado allí.
Es lo que tiene el arte. Uno cree ser original cuando se pone a pintar sus monas, pero luego descubres que alguien había hecho lo mismo mucho antes que tú. Jack el Destripador podía haber matado a todas sus víctimas en torno a la Christchurch de Whitechapel; pero allí, en la antigua Ratcliffe Highway, otra persona se le había adelantado.
Y justo delante de otra de las iglesias de Nicholas Hawksmoor.
¡Ah, el Arte!
(Continuará)
Dr. Malarrama.